LOS INCAS. EL IMPERIO DEL SOL. TERCERA PARTE

Alimentos y bebidas.

Aunque es más conocida como la cuna de la papa, la sociedad inca fue también al igual que las otras grandes culturas de América, una civilización del maíz, cultivo conocido en Perú desde el año 1.200 a.C. por lo menos. El Inca Garcilaso de la Vega, en sus célebres Comentarios Reales de los Incas, relata los hábitos alimentarios de la época de la conquista. Este escritor afirma que uno de los pilares de la alimentación era el maíz, al que llamaban Sara y que comían tostado o cocido con agua. En ocasiones solemnes, molían los granos para hacer un pan denominado tanta o huminta. Para fiestas como la del Sol, hacían panecillos llamados zancu.

El control de las áreas de cultivo del maíz era vital para el imperio. A diferencia de los tubérculos cuyo cultivo era potestativo de las etnias y de las familias, el maíz era considerado asunto de Estado. Infinidad de vasijas y de tejidos con representaciones de mazorcas de maíz y de vasos de cerámica para la chicha hallados en las excavaciones arqueológicas atestigua la importancia del maíz en el Imperio inca.

El mito sobre la fundación de la ciudad imperial de Cuzco por parte de los hermanos Ayar señala que ellos sentaron la base de la civilización inca y comenzaron por enseñar a los hombres a cultivar el maíz.

La chicha del grano fermentado, conocida como chicha de jora, constituye desde tiempos inmemoriales un brebaje imprescindible. Antes del primer sorbo, los incas salpicaban unas gotas hacia el sol, sobre el suelo y encima del fuego para atraer la simpatía de las deidades. Los usos de la chicha eran de lo más variados: para celebrar victorias guerreras, para inspirar los presagios de los adivinos, para homenajear a los antepasados o simplemente para acompañar trabajos comunales.

El consumo de carnes también estuvo bastante generalizado en la alimentación del Incario. Los cronistas indican que los productos almacenados en las qollqa o pirwa eran principalmente alimentos deshidratados o secos, para asegurar su conservación durante largos periodos de tiempo, como maíz seco, ch´uño, ch´arki y pescado seco-salado.

El plato de carne por excelencia era el qowi, cuye o conejillo de Indias, que se criaba en la cocina de las casas y cuya carne es muy nutritiva. Sin embargo, la mayor cantidad de carnes rojas provenía de los camélidos suramericanos, es decir, de alpacas, llamas, vicuñas y guanacos, especialmente de las alpacas y las llamas, que fueron domesticadas y criadas en grandes cantidades, para que proporcionaran carne y leche y también para obtener lana de buena calidad y para utilizarlas como bestias de carga.

La pesca marítima proporcionaba numerosas especies de moluscos y peces, como el tollo y el atún. Las especies de peces más abundantes en ríos y lagunas eran gona, bagre, sardina blanca del Urubamba, chakechallwa o dorado de Húanuco, suqui o pejerrey del Chili, cachuela o karachi, mauri suchi, lluchcca, ahuacuyamor, kakas, amani, chichiñi o ispi, qoyche, qoriochoque, moro, etc. Además, se consumían otras especies acuáticas como el lobo marino o mayupuma, y quelonios salvajes o criados en cautiverio en zonas tropicales.

En cuanto a las aves, en su mayor parte eran criadas, pero algunas se cazaban en estado salvaje; se consumían patos de diversas especies, perdices, pavos y gallinas. Completaban la dieta guanganas, sajinos y ronsocos, así como algunos herbívoros: anta, tapir, awara, sachavaca, venado, aruca, etc.

UNA ECONOMÍA COMUNITARIA.

El imperio inca tuvo como base fundamental de su organización social y económica el ayllu. Si bien este tipo de agrupamiento data de las épocas preincaicas, fueron los incas quienes lo establecieron en todo el imperio y para todas las clases sociales, nobles y populares.

El ayllu estaba formado por grupos familiares con un antepasado común, y su administración estaba a cargo de un curaca, que se encargaba de la capacitación y educación de todos los integrantes del grupo, autorizaba los matrimonios, organizaba los grupos de trabajos, etc. El ayllu podía participar en las guerras bajo el control de su curaca.

Todos los miembros del ayllu compartían una misma área geográfica y la aprovechaban de manera solidaria, fomentando y desarrollando un gran espíritu colectivista. La ayuda entre los componentes del ayllu llegaba a temas como el cuidado de los ancianos, de los huérfanos y de los indigentes.

El ayllu es una de las instituciones más sólidas de los Andes. Podía darse el caso de que dentro de una misma población hubiera varios ayllus, y en este caso era necesario establecer un orden o sistema para fijar sus obligaciones y sus derechos en los trabajos colectivos. Este tipo de sociedad sobrevivió a los incas y a la conquista y colonización españolas.

En cualquier población, los ayllus estaban ordenados, como en Cuzco, en tres categorías de superior a inferior:

  1. Collana.

  2. Payan.

  3. Cayao.

El régimen de parentesco dentro de los ayllus variaba según la región, y podía ser patrilineal, matrilineal o dual. El parentesco dominante entre los incas fue el patrilineal, basado en la descendencia del padre.

Trabajar para vivir.

El trabajo era la fuente de riqueza del Imperio de los incas. Todos trabajaban, sin distinción de sexo ni de edad. El trabajo estaba basado en dos ideas fundamentales: la reciprocidad y la redistribución.

La minca, por ejemplo, era el trabajo que realizaban en común los miembros de un ayllu a favor de otra persona o de la comunidad. Si alguno de los miembros de una ayllu recibía ayuda para construir su vivienda, la conseguía por medio de la minca, pero estaba obligada al mismo tiempo a prestar su ayuda cuando otro se la solicitaban.

La mita, que significa turno, establecía las obligaciones de un miembro del ayllu y de toda su comunidad en beneficio del Estado y del Inca. La contribución principal era de tiempo y de trabajo.

El gobierno inca recibía más riquezas de las que daba el pueblo, pero los bienes sobrantes se empleaban como reservas en previsión de escasez de alimentos, como reservas militares para acciones de conquista o defensa, para el sostenimiento de la alta nobleza inca y para el sostenimiento de las autoridades civiles que estaban encargadas de la administración.

El Estado inca se preocupó siempre de contar con tierras ubicadas en distintas regiones geográficas y climáticas, dentro y fuera de sus dominios, para poder disponer así de tierras cultivables que pudieran asegurar las necesidades de todo el imperio.

La tierra como fuente de riqueza.

Uno de los mayores logros del Tahuantinsuyu fue el de erradicar el hambre, gracias a una constante investigación biológica y a la aclimatación, la domesticación de plantas para el consumo humano y una gran laboriosidad. Al haber dos estaciones naturales bien marcadas, en la temporada de lluvias y parte de la de estío se dedicaban principalmente a la agricultura, y durante la estación seca eran constructores y artesanos. Pocos pueblos del mundo antiguo desarrollaron una infraestructura agrícola de características tan avanzadas y sofisticadas, puesto que todos los valles y llanos estaban cultivados, y se aprovechaban hasta las laderas de las montañas secas y rocosas, donde se construían terrazas o andenes agrícolas.

Materializar estas conquistas requirió una tecnología muy especializada y un trabajo intensivo, ya que primero debían construirse los muros de contención en piedra, para rellenar luego los espacios vacíos con piedras o arena en la base y la parte superior con tierra fértil transportada de otras zonas. Todos esos andenes estaban regados mediante canales que casi siempre recorrían muchos kilómetros desde su capitación en manantiales, ríos o lagos. Además, para mantener la humedad de la tierra cultivable, que tenía una altura aproximada de 1 m, se disponía una capa de arcilla entre ésta y el relleno infértil. Los abonos o fertilizantes animales se utilizaron de forma habitual: guano de las islas y anchovetas en la costa. Las montañas siempre se aprovechaban y aún hoy es normal encontrar campos cultivados en montañas con inclinaciones de hasta 30 o 35 grados.

Los incas creían y todavía creen, que sin el auxilio de sus dioses no es posible desarrollar una buena agricultura y que el cultivo de la Pachamama requiere profunda fe y convicción, así como el soporte de ceremonias y ritos mágicos-religiosos. Las ofrendas a la madre Tierra deben ser frecuentes, y de no hacerlo, Pachamama podría mostrar su enojo y castigar a los hombres. El Tayta Inti, la mama Killa y las constelaciones de estrellas también podían determinar la producción. Los incas sabían observarlos y conocían en qué momentos podían desarrollar sus actividades. Es ampliamente conocido, por ejemplo, que cuanto más brillante se vean las estrellas de determinadas constelaciones, menos lluvias habrá en la siguiente temporada. Además, había tres estrellas que cambiaban juntas y en línea recta, llamadas Kuntur, Suyuntuy y Huamán. La tradición decía que cuando tres estrellas aparecían más brillantes que antes, ese año era bueno para el cultivo, mientras que si aparecían poco brillantes, era un mal año para la agricultura, con mucho sufrimiento.

Las técnicas y los conocimientos que llegaron a adquirir fueron realmente impresionantes. Algunas tierras pobres las pudieron cultivar a base de alternar productos o, a veces, dejándolas "descansar", es decir, cultivándolas sólo en períodos determinados con el fin de que pudieran recuperar su riqueza mineral por medios naturales.

Obviamente, las condiciones de trabajo eran bastante duras pues para todo ello sólo se utilizaba la fuerza humana y el auxilio de algunas herramientas de labranza, como la taquilla o chakitaqlla, que es un arado de pie y consiste en un palo con punta metálica o de otra madera dura que se introduce en la tierra con la fuerza de pie y la ayuda de los brazos y del cuerpo entero para removerla al extraerlo. Otra herramienta muy difundida era la porra estrellada o llana, conocida como allpa k`asuna y provista de un agujero en su parte central con un mango de madera; se usaba a manera de comba o e martillo para disolver los terrones de tierra.

Los productos agrícolas más importantes eran sin duda el maíz o sara y la papa o amka. En ningún rincón del orbe se cultivó ni se cultiva maíz de la calidad encontrada en los valles interandinos del Qosqo, especialmente en el valle del Urubamba, cuya variedad de maíz parakay o blanco tiene los granos más grandes del mundo. Ni siquiera en México existen tantas variedades de maíz.

La papa o patata es posiblemente el legado más importante que la cultura inca ha dado a la humanidad. Seguramente, los incas fueron expertos en el arte de cultivar las papas, pero debieron de pasar muchos siglos antes de domesticar y aclimatar esta planta, que en su estado salvaje es amarga o insípida. Hoy, es normal encontrar en cualquier parte unas 7 a 10 variedades de papas, pero en la zona andina del Qosqo se cultivan unas 1.500 variedades.

Otros productos importantes de la agricultura inca eran la quinua, de la que existen cientos de variedades, y la kiwicha, conocida también como amaranto o achita. Este cereal fue introducido algunos años atrás en la dieta de los astronautas estadounidenses y se dice de él que su consumo era intensivo en el Tahuantinsuyu, pero que fue erradicado por los conquistadores españoles al considerar que daría demasiada fuerza e inteligencia a los indígenas.

Los secretos de la agricultura inca.

La prosperidad de la agricultura se basó en la aplicación metódica de todo una serie de técnicas relacionadas directa o indirectamente con el cultivo de la tierra.

La cultura inca conocía la importancia del agua para su desarrollo económico del agua para su desarrollo innumerables canales o acequias. El Inca Garcilaso de la Vega menciona en sus crónicas la existencia de más de 600 km de canales construidos por los incas en la región de Ayacucho. Estas construcciones estaba ligadas a los andenes.

Los andenes eran enormes macetas o terrazas superpuestas en las faldas de los cerros, que en algunos casos tenían una anchura del orden de 15 a 60 m y una longitud aproximada de 1-1,5 m. Estas construcciones se realizaron para habilitar terrenos de cultivo y, según algunos estudiosos, para que fueran rentables era necesario favorecer el drenaje, impedir la erosión de las tierras, aprovechar el agua, asegurar la retención de la fertilidad de la tierra, etc.

Por otra parte, los incas descubrieron el uso, la importancia y la aplicación de los fertilizantes naturales, como el guano y otros de compuestos vegetales.

Habían desarrollado técnicas para realizar los cultivos, unas de carácter científico, como la aplicación de la astronomía a la agricultura mediante la observación de la luna para los ciclos de siembra de la papa, maíz, etc, y otras basadas en experiencias o señales naturales, como observar el comportamiento de los animales. Asimismo, para cada cultivo empleaban técnicas específicas de acuerdo con la tierra donde se iba a sembrar y del producto de que se tratara.

El sistema de producción se complementaba con un buen sistema de conservación y almacenamiento de alimentos, mediante el cual podían crear unas reservas considerables. El Imperio inca construyó una red de almacenes de alimentos por todo el Tahuantinsuyu. Eran edificios de forma rectangular y circular, en los que se guardaba fundamentalmente maíz y papas. Estos almacenes tenían un sistema de pisos y canales que permitía la ventilación y el drenaje, evitando así la existencia y proliferación de hongos.

La capacidad de almacenamiento era muy grande. Sólo en Jauja había 1.200 depósitos con una capacidad de 50 a 75.000 m3; algunos arqueólogos calculan la capacidad total del Tahuantinsuyu en dos millones de metros cúbicos.

Para la conservación de los alimentos, en especial del maíz, que era atacado por hongos, procuraron que hubiera en los almacenes una temperatura baja, conseguida gracias a que el lugar donde se guardaba tenía un sistema especial de ventilación y drenaje. La papa, el olluco, la oca y otros tubérculos se conservaban entre capas de paja, amarrados con sogas formando fardos, y en ambientes de mucha ventilación, con lo cual lograban superar los problemas de dulcificación y deshidratación.

El trabajo agrícola colectivo con carácter de obligatoriedad era acatado por toda la población sin ninguna excepción.

El pueblo inca no fue ganadero. Llegó a domesticar la llama y la alpaca, pero no así el guanaco y la vicuña, que se mantuvieron en estado salvaje y sólo eran sometidos mediante la caza. También llegó a desarrollar la crianza del cuy, del cual aprovechaba su carne, rica en proteínas.

Los conquistadores españoles encontraron en el Imperio Inca grandes cantidades de oro y plata. Una parte de estos metales procedía posiblemente de los tesoros obtenidos por los incas en la conquista de otras culturas. Muchos de los tesoros encontrados eran el resultado de explotaciones mineras anteriores, y otra parte era producto de la explotación organizada en las minas del Inca y de las comunidades.

Los tesoros encontrados parecen demostrar que la minería fue una actividad floreciente. Los incas desarrollaron técnicas para trabajar los metales, las piedras preciosas y otros minerales que tenían un valor religioso para el culto a los dioses y un valor ornamental para la nobleza; no poseían un valor económico como hoy. En el Imperio inca los metales tenían los siguientes nombres: qori o choqui, el oro; qollqui, la planta; anta, el cobre; titi, el plomo; llimpí, el estaño.

Las labores agrícolas en la costa y en la sierra.

La agricultura en el Imperio fue próspera, tanto en la costa como en la sierra, gracias al ingenio y al esfuerzo extraordinario de sus habitantes.

La agricultura serrana supo superar la escasez de tierra mediante la ingeniosa construcción de los andenes, que se superponen como gradas de abajo hacia arriba. Los incas fueron verdaderos maestros en el cultivo de plantas. Entre los productos más cultivados en la región andina cabe mencionar el camote, el papa, la yuca y el maíz.

La agricultura costeña se caracterizó por la importante tecnología de regadío desarrollada por los incas, quienes mandaron hacer excavaciones para aprovechar la humedad o el agua del suelo. Después, construían grandes canales, muchos de ellos de decenas de kilómetros, gigantescos reservorios y represas y extensos acueductos, muchos de ellos utilizados hasta hoy. La distribución de las aguas estaba reglamentada y se hacía en atención a las necesidades de la población. En la costa se utilizaban como abono cabezas de anchoveta puestas al lado de las semillas. Las principales plantas cultivadas eran camote, frijol, yuca y maíz, protegidas del viento y de la arena con plantas de naturaleza rastrera, como el zapallo o calabaza y otras.

LA ESTRATIFICACIÓN DEL PODER.

Todos los historiadores están de acuerdo en que el gran apogeo alcanzado por el Imperio inca se debe a su magnifica organización política, social, económica y administrativa. La administración del Tahuantinsuyu, que abarcaba tan extensos territorios, no fue tarea fácil. Los incas establecieron una organización que aún hoy puede considerarse muy avanzada, si se tiene en cuenta la época en que se puso en práctica.

Para poder cumplir sus objetivos políticos, los incas tuvieron que organizar un ejército capaz no sólo de conquistar territorios, sino también de mantener en ellos su presencia a través de guarniciones. Como principal medio de comunicación entre todos los súbditos del inca se estableció una lengua común. Se creó una red de caminos para favorecer las comunicaciones y el desplazamiento de las tropas. Se llevó una contabilidad y un registro estatal sobre distintos aspectos del imperio. La magnifica organización política estaba estructurada de la forma siguiente.

El poder supremo del Inca.

El Inca era la máxima autoridad del imperio, su jefe político, militar y administrativo. Su poder era absoluto por ser teocrático y nobiliario, porque lo recibía por ascendencia familiar en línea directa y legítima.

Para poder conocer de cerca las necesidades de su pueblo, el Inca recorría los territorio del imperio y demostraba un gran sentido humanitario, así como una especial bondad para con su pueblo. Siempre estaba preocupado por el bienestar y la felicidad de sus súbditos.

A pesar de ello, aplicaba una extrema severidad y rectitud en el cumplimiento de las leyes y de las costumbres. Cualquier delito cometido era duramente castigado. La disciplina era tal que no había ni un ladrón, ni un hombre vicioso, ni un ocioso, ni una mujer adúltera o de mala vida.

La residencia del Inca era un lujoso palacio en la ciudad imperial de Cuzco. El respecto a su persona era tal que: "Nadie se atrevía a mirar al Inca de frente; nadie podía aproximarse a él sin tener los pies descalzos y sin llevar sobre la espalda un fardo, en señal de sumisión".

Autoridades a todos los niveles.

El Imperio Inca se caracterizaba por ser un Estado teocrático y totalitario, gobernado por el emperador, cuyas órdenes se cumplían en calidad de deberes religiosos. A pesar de que era un soberano absoluto, el Inca gobernaba con la ayuda de un consejo imperial, constituido por los más altos funcionarios de los cuatro suyus, así como por ancianos bien ilustrados y con una gran experiencia, representantes de los dos barrios-dinastía. El consejo asesoraba al Inca en numerosas cuestiones para ayudarle a gobernar mejor. Este consejo imperial tenía su sede en la ciudad de Cuzco.

Un peldaño más abajo se encontraban los gobernantes, que estaban a cargo de las provincias o guamanis, nombre que se debe a la relación con el vuelo del halcón que tenían las dimensiones de las provincias. La denominación tiene ver también con el complejo significado religioso y cultural que atribuían los incas a las aves de presa.

El inca y su consejo controlaban el trabajo controlaban el trabajo de sus funcionarios a través de unos personajes que recorrían secretamente el imperio, los tucuyricu, nombrados por el inca. El tucuyricu recorría el imperio los tucuyricu, nombrados por el inca. El tucuyricu recorría el imperio con el fin de informarse del comportamiento de las autoridades, así como para hacer cumplir las leyes, recibir las iniciativas y quejas del pueblo y administrar justicia. De todo el trabajo realizado informaba directamente al Inca.

Durante el reinado de Túpac yupanqui había dos gobernadores para todo el imperio con amplias atribuciones. Uno de ellos residía en Jauja y el otro en Tiahuanaco. Estos funcionarios podían ser cambiados o removidos, lo que no ocurría con los curacas, cuyo rango era hereditario.

Para participar en la vida política del Estado había que estar casado o ser jefe de familia. Sólo así se podía elegir, ser elegido y gozar de lo que hoy llamamos ciudadanía.

El último escalón de la autoridad lo ocupaban los curacas, que eran los guías o jefes de los ayllus y gobernaban en sus territorios. A pesar de no haber sido nombrados por el Inca, le guardaban respeto y le prestaban su colaboración.

Los curacas gozaban de una especie de autoridad política y algunas veces eran los mismos señores conquistados por los incas, a quienes el imperio confirmaba en sus cargos. En otros casos, los curacas eran nombrados directamente por el Inca en las tierras de conquista.

La importancia de los curacas venía dada por el territorio donde ejercían su autoridad o por el número de hombres que estaba a su cargo.

La organización decimal.

Junto con el sistema tradicional de los curacas, los incas establecieron una organización administrativa de la población, sujeta a un sistema de tipo decimal, con el fin de facilitar las labores de gobierno en tan inmenso territorio.

El sistema decimal estaba integrado por los siguientes cargos:

  1. El purec o jefe de una familia.

  2. El pisca camayoc o jefe de cinco familias.

  3. El chunca camayoc o jefe de diez familias.

  4. El pisca chunca camayoc o jefe de cincuenta familias.

  5. El pachaca camayoc o jefe de cien familias.

  6. El pisca pachaca camayoc o jefe de quinientas familias.

  7. El huaranca camayoc o jefe de mil familias.

  8. El pisca huaranca camayoc o jefe de cinco mil familias.

  9. El huno camayoc o jefe de diez mil familias.

  10. Varios humos formaban un suyu, cuyo jefe era el suyuyuc-apu.

  11. Cuatro suyus constituían el imperio.

Se desconoce el origen de esta división. Algunos consideran que el sistema no se aplicó con igual intensidad en todo el imperio. Se presume que se trató de una reforma administrativa de los últimos tiempos del imperio.

También existían los runa-runa, donde vivían ayllus de una misma procedencia. A los territorio de estos ayllus o naciones se les denominaba marcas, y de ahí provienen los nombres de Ayamarca, Cajamarca, Pampamarca, etc. El caserío principal de una marca recibía el nombre de Llacta y estaba a cargo del llacta-camayoc, nombrado por el Inca para vigilar a los curacas.

Un ejército disciplinado.

La organización bélica de los incas fue un factor clave en sus conquistas. Todos los hombres físicamente aptos de entre 25 y 50 años debían prestar un servicio militar. La jefatura del ejército estaba a cargo de generales nobles que obedecían en última instancia al Inca. La disciplina militar era muy rígida, aunque una vez en combate las tropas se dispersaban en una lucha cuerpo a cuerpo.

El ejército inca estaba dividido en cuerpos al mando de los apukispay, que eran parientes muy cercanos del Inca. El grupo compuesto por 10 hombres estaba bajo el mando de un chunca camayoc. Dentro del ejército había cuerpos de 50, 100 y hasta 1.000 hombres. El ejército tenía como símbolo la bandera incaica, compuesta por los siete colores del arco iris y con la imagen del Sol en un costado.

Los incas implementaron variadas tácticas, como los movimientos envolventes o las falsas retiradas, que les permitieron derrotar a poderosos enemigos. Las principales armas eran la estólica o lanzadardos, el arco y las flechas, la macana y, especialmente la honda.

El enfrentamiento en el campo de batallar era el último recurso empleado por los generales incas. Antes de llegar a un desenlace armado, los incas montaban un aparato diplomático con objeto de convencer a los jefes enemigos de que se sometieran pacíficamente al imperio, a cambio de lo cual se les garantizaban sus privilegios. Los jefes militares incas entregaban regalos y hacían demostraciones de su poderío, y convertían así en aliados a muchos de sus potenciales enemigos.

Las fortalezas o puracás fueron otro de los elementos característicos de la organización militar imperial. Estaban estratégicamente ubicadas en las alturas y cumplían la función de vigilar el entorno y defender las ciudades importantes, como el caso de Sacsahuamán, encargada de la protección de Cuzco. Eran de piedra, poseían varias dependencias para albergar a los soldados, comida y un número de yanaconas que cumplían tareas de servicio.

Las fuerzas militares estaban constituidas por dos grupos de hombres: soldados permanentes y soldados de reclutamiento.

Los soldados permanentes conformaban la guardia real del Inca y de las guarniciones de las pucarás o fortalezas principales. Su número no ha sido calculado todavía, pero se sabe que estaban bien adiestrados y capacitados en las artes de la guerra y la defensa. Eran considerados profesionales y recibían, por ello, un trato especial y retribuciones por sus servicios. Cabe suponer que en el Tahuantinsuyu había unas 80 guamanis principales y que cada una de ellas contaba al menos con una guarnición de soldados profesionales. A las guarniciones de las guamanis habría que añadir las que se encontraban ubicadas en las fronteras, encargadas de vigilar los límites del territorio. En tiempos de los últimos Incas, las fronteras más conflictivas fueron las del oriente.

Los soldados de reclutamiento integraban el ejército del Inca, cuando éste así lo pedía, y provenían de las clases populares. En cada pueblo había instructores que impartían lecciones de defensa y de guerra. En estas lecciones participaban todos los hombres de edades comprendidas entre los 10 y los 18 años, y los que más destacaban en estos juegos militares eran seleccionados para ser soldados regulares del Inca. Todos los hombres de edades entre los 25 a 50 años estaban obligados a servir militarmente.

Dentro del ejército inca había dos principios de organización, uno de carácter estrictamente numérico que permitía contabilizar el número de soldados disponibles, y otro de carácter étnico, por el cual las tropas se dividían según sus ayllus, naciones o suyus. Algunos autores piensan que esta división étnica del ejército inca le restaba eficacia, pero lo cierto es que facilitaba las comunicaciones entre los solados y sus jefes e introducía, además, un sentido de competencia entre los diversos grupos étnicos de la milicia.

El ejército inca no incluía solamente a los quechuas de Cuzco, sino también a los soldados de cada una de las naciones vencidas e incorporadas al imperio. Aplicaban la estrategia de que el vencido de hoy era el aliado de mañana.

La oficialidad inca estaba constituida por varios estamentos y algunos de ellos podían alcanzarse gracias a los méritos personales en el curso de las guerras. Otros estaban reservados a los miembros de la nobleza inca.

Para los integrantes del ejercito inca, la guerra era un acto religioso pues la orden recibida del Inca era un mandato divino y que debía llevarse a cabo para ordenar la totalidad del universo. Antes de ir a la guerra, se efectuaban ritos, consultas y sacrificios, dirigidos por los grandes sacerdotes, en donde oráculos, adivinos y hechiceros contribuían con sus fuerzas mágicas a los triunfos del Inca.

Al ejército inca nunca le faltó una adecuada provisión de vestidos, armas y alimentos, para lo cual la administración del Estado había dispuesto almacenes a lo largo de todo su territorio. Además, el ejército marchaba acompañado de auxiliares encargados de solucionar cualquier emergencia. Como medio para el transporte se utilizaban las llamas más fuertes, que habían sido reservadas con anticipación.

Las campañas incas fueron precedidas de un espionaje sistemático a través de los comerciantes y de otros observadores enviados por el Inca.

El poder de convocatoria y movilización por parte del Inca superaba toda limitación u obstáculo existente, como la falta de transporte, la diversidad geográfica, etc. El Inca escogía el momento oportuno para enviar sus tropas, y la movilización se realizaba con una rapidez sorprendente.

Los Incas comprendieron que antes de dominar la costa debían controlar las zonas altas. Esta técnica les dio resultado en todas sus campañas, ya que al dominar la parte más agreste e indómita de su territorio, les era fácil controlar parte llanas o planas de su geografía.

Cuando el ejército inca realizaba campañas en territorio donde el clima constituía un factor determinante para la victoria, los soldados en activo se turnaban con soldados de las reservas.

En muchas ocasiones, el éxito de las campañas del ejército inca se debió a que el número de soldados y de combatientes superaba en cantidad al de sus adversarios.

Las tropas estaban moral y psicológicamente entrenadas para la guerra. Los soldados se distinguían por su disciplina y su obediencia ciega.

Los quipus.

Los incas no conocieron la escritura, y éste es uno de los factores que dificultan una mayor profundización en su misterioso mundo, pero inventaron un ingenioso sistema que facilitó las labores administrativas y políticas. Se trata del sistema de recuerdo de los quipus.

Los quipus eran un conjunto de cordones de diversos tamaños, con nudos espaciados, que unas veces servían para llevar las cuentas y otras para recordar hechos pasados o recientes. Estaban formados por una cuerda principal horizontal, de la que colgaban otras cuerdas y de éstas otras, cada una de ellas de distinta longitud. Los quipus variaban de tamaño, de color, de tipos de nudos, de distancia entre los nudos, etc, y estas diferencias eran las que registraban los valores.

Según algunos estudios realizados, los quipus tuvieron ante todo un carácter estadístico, al ser una especie de sistema de numeración para llevar la contabilidad de la población, de los nacimientos, de las tierras, del ganado, de las cosechas, de las reservas del Inca, etc.

Los quipus sólo estaban al alcance de una cierta elite, ya que los funcionarios denominados quipucamayocs eran los únicos capaces de interpretarlos.

El Inca Garcilaso de la Vega describe los quipus en sus crónicas como instrumentos de registro y contabilidad. La gran exactitud de este sistema permitió en 1.561 a los indios de Jauja establecer lo que su curaca había dado a Pizarro 30 años antes.

Caminos al servicio de la administración.

Uno de los elementos más sobresalientes del Tahuantinsuyu es la enorme red de caminos, puentes, fortalezas y posadas que construyeron los incas. Al igual que en los albores de la era cristiana "todos los caminos conducían a Roma", en el siglo XV andino "todos los caminos conducían a Cuzco". Los especialistas han determinado que la red incaica de caminos podía alcanzar los 40.000 km, de los que hasta ahora se han descubierto poco menos de 25.000 km.

Las rutas construidas por los incas tendían a ser rectas, salvo en los lugares donde el relieve obligaba a modificar su curso. En las montañas abundan las escalinatas talladas en la misma roca y los desfiladeros angostos que recorrían las pendientes andinas en forma zigzagueante. Las rutas las utilizaban sobre todo los chasquis o mensajeros, que se trasladaban a pie portando los célebres quipus con todo tipo de información para las autoridades de Cuzco.

Asimismo, los caminos cumplían una función estratégica para el desplazamiento rápido del ejército imperial y para las recuas de llamas que cargaban los productos elaborados en todos los rincones de Tahuantinsuyu. Cada ciertos tramos del camino, había posadas o tambos que proporcionaban alimento a los viajeros, permitían el recambio de llamas y abastecían al ejército en sus desplazamientos.

Había dos vías troncales. Una se extendía a lo largo de la sierra, de sur a norte, y la otra unía entre sí los valles costeños. Entre ambas regiones, otros caminos transversales conectaban estas dos vías principales.

No se dio un solo patrón para las rutas incas, que se adaptaban a la geografía de la zona. En los valles costeños unos tapiales bordeaban los caminos y acequias cantarinas ofrecían agua a los caminantes; además, frondosos árboles daban su sombra. En los desiertos, piedras o troncos marcaban la ruta para evitar que los viajeros se extraviasen.

En la sierra, algunos caminos estaban empedrados y cercados por piedras, mientras que las quebradas agrestes se salvaban por medio de escaleras. Sobre los precipicios, unos parapetos resguardaban a los caminantes y a las recuas de camélidos para que no cayeran por los abismos.

Diversos tipos de puentes permitían cruzar los ríos. En la sierra los había de troncos de árboles cuando las distancias con fuertes y sólidos cimientos, y entre cada estribo atravesaban cuatro o seis gruesas vigas que amarraban el puente colgante. Las maromas se tejían en ramas delgadas como mimbre, trenzándolas de tres en tres a otras más gruesas y aumentando el tamaño de las ramas hasta alcanzar un diámetro de unos 50 cm.

La misma relación añadía que a cada lado del puente había gente que habitaba el lugar y cuya ocupación consistía en cuidarlo y remendarlo cuando las cuerdas se gastaban.

Otro medio de cruzar un río eran las oroyas, maromas hechas de bejucos, gruesas como una pierna y atadas a peñascos o estribos de una orilla a otra. De esta soga colgaba un cesto de asa arqueada por la cual pasaba la maroma. En la canasta se sentaba la persona y con una soga ataba el cesto tiraban de un cabo.

En el sur, en el desaguadero cerca del lago Titicaca había un famoso puente que consistía en una hilera de balsas de totora acomodadas a lado y lado con una gruesa capa de eneas añadidas y arregladas sobre las embarcaciones.

Los españoles hicieron famosos sus relatos sobre los tambos o mesones situados cada cierto trecho a lo largo de las rutas. Es posible que los tambos existieran en tiempos anteriores en las rutas que conducían a los lugares de peregrinación para albergar a los romeros. Posiblemente también se usaron en época de Wari y Chimú. Los había de diversas categorías y dimensiones según su importancia.

A lo largo de las vías principales había aposentos para albergar al Inca cuando salía de Cuzco, ya fuera para visitar sus Estados o bien para marchar a la guerra. También hubo tambos menores para alojar a los personajes administrativos que se desplazaban por diversos motivos. Los más pequeños estaban reservados para los mensajeros o chasqui que llevaban las noticias por el amplio territorio.

En tiempos virreinales se usaban los tambos incas y existen dos listas de estos albergues desde Cuzco, Los Reyes y Quito. No resulta fácil reconocer un tambo sobre el terreno, ya que su arquitectura era variada y es posible que en su edificación influyeran los hábitos y costumbres de la mano de obra local.

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