EGIPTO: EL IMPERIO DE LOS FARAONES. QUINTA PARTE

LA RELIGIÓN Y EL MAS ALLA.

Generalidades.

La religión egipcia, como sucede en otras sociedades tradicionales, no era un conjunto de creencias estructuradas en un sistema más o menos coherente, y que se traducían en una fé interiorizada y en una proyección en la vida cotidiana que consistiría en atenerse a unas determinadas observancias y, por supuesto, a unas exigencias morales. La religión egipcia tenía, sobre todo, una función social y de conexión del individuo con el sistema. Lo esencial no era la fe, sino el culto y mantener las formas externas. Para las creencias e inquietudes íntimas, si las había, se podía echar mano, como en todas las épocas y en todas las sociedades, de una religiosidad popular en sus diversos niveles, hasta descender a las formas más groseras de supervisión.

Esa dimensión social, de pertenencia a unas raíces se manifestó primero en los cultos locales, que fueron el germen del frondoso panteón egipcio. Y este último fue el marco ideológico de la identidad egipcia, el alimento del sentimiento de pertenencia a una nación que era, a la vez, toda una civilización.

El desarrollo de la propia sociedad condujo a la elaboración de las llamadas teologías, textos que recogían el sistema de creencias. Pero no se trataba de libros sagrados ni de revelaciones divinas. Estas últimas no se dieron hasta época helenística, cuando la genuina religión egipcia experimentaba una decadencia paralela al poder político y se abría a influencias ajenas y a los sincretismos. Los textos de las Pirámides, los textos en los Sarcófagos y el Libro de los muertos eran compilaciones de fórmulas útiles para el viaje por el mundo. En cuanto a los sistemas teológicos, los más conocidos y los que brindan mayor información son el menfita, el de Heliópolis y el de Hermópolis, sobre los que se volverá.

Tampoco estas elaboraciones teológicas tenían la pretensión de ser sumas que recogieron los principios de la fe, ni acusaban al menor veleidad casuística. Se trataba de exposiciones destinadas a dar una explicación mínimamente coherente alrededor de un grupo de dioses, coincidiendo esta aspiración de unidad y cohesión con un momento histórico de dispersión y fragmentación. Por lo demás, conviene insistir en que las exigencias de sistematización propias de la mentalidad racional moderna son categorías ajenas al pensamiento tradicional en general y al egipcio en particular.

 

Isis y Osiris.

A partir de los primeros cultos locales se evolucionó, en época asimismo temprana, a agrupar a los dioses en tríadas. La triada capital del edificio mitológico egipcio fue la formada por la pareja Isis-Osiris y su hijo Horus.

Seguramente Isis fue una de tantas formas de la diosa madre, pero se instaló en el panteón egipcio con una fuerza que hizo que su importancia creciera con el tiempo. Hija de Nut, era esposa y hermana al tiempo de Osiris. Con él tuvo a su hijo Horus, que en la iconografía tradicional suele aparecer en sus brazos, muchas veces tomando el pecho. Se la representa asimismo con el disco solar en la cabeza y cuernos vacunos, y en esa advocación es la diosa Hathor. Una leyenda presenta a Isis como una mujer que no poseía la condición divina y que, utilizando una estratagema, consiguió que Re, el dios solar, revelara un nombre. Ya es conocido el poder que, en los sistemas de creencias orientales, tenía el nombre, el verbo; poseía, en efecto, una fuerza creadora que otorgaba poderes divinos a quien sabía emplearlo. Isis lo utilizó para convertirse en diosa. Su símbolo visible era la estrella Sirio.

Osiris derivaba de una divinidad local de Busiris, en la región del Delta donde gobernaba la inundación y las cosechas. Se le atribuía el haber enseñado a los hombres la agricultura y determinadas actividades artesanas. Al extenderse su culto por otras partes de Egipto, adoptó diversas formas y símbolos. Se le representaba con el látigo y el cayado en las manos, cruzadas sobre el pecho y muchas veces vendado su cuerpo como el de una momia. El látigo y el cayado se convirtieron en insignias de realeza, y en las ceremonias oficiales y en la iconografía los reyes las empuñaban. Eran símbolos de arraigo en la tierra y, al mismo tiempo, de eternidad: el que cae y se levanta, en una sucesión indefinida de ciclos. El faraón, al morir, se transfiguraba en Osiris.

En el mito fundamental, Osiris era ahogado y desmembrado por su hermano y antagonista Set, y sus pedazos repartidos por todo el país. Su esposa y hermana, Isis, recorrió todas las tierras y recompuso el cuerpo, devolviéndolo a la vida.

Horus, el hijo de la pareja, se dispuso a vengar a su padre. En lo que respecta a vengar a su padre. En lo que respecta a Horus y su nacimiento, como en otras variantes del mito que aquí se han omitido, las versiones difieren. En efecto, Horus habría venido al mundo en un momento indeterminado antes de la muerte de Osiris. O bien después y de una manera my especial. Al recomponer los fragmentos, del cuerpo del dios habrían faltado los genitales. A continuación, habría abandonado la tierra para morar en el cielo, y desde allí, en virtud de una operación sobrenatural, Isis habría concebido a Horus, sin la intervención física de su cónyuge.

Isis se refugió en los pantanos del Delta y allí dio a luz a Horus, quien al llegar a la edad adulta combatió contra Set y le venció. Según unas versiones, el dios derrotado fue emasculado para que no pudiera tener descendencia. En cuanto a Horus, perdió un ojo. La asamblea de los dioses obligó a Set a restituírselo, pero Horus se lo ofreció a Osiris, su padre, y remplazó el ojo perdido por la cobra, símbolo de su naturaleza. A Horus se le representaba con cabeza de halcón, y sustituyó a su padre como patrono de la naturaleza y de la monarquía. En los primeros tiempos había sido un dios solar del Alto Egipto.

En cuanto a Set, había sido venerado en Avaris, la ciudad del Delta donde los hicsos establecieron su capital. Este pueblo semita, durante su prolongada ocupación del Bajo Egipto, adoptó este culto, de tal modo que tras la expulsión, Set, asociado con el invasor, fue objeto de rechazo y aun de abominación. Su carácter maléfico se fue acentuando, y en baja época los griegos lo identificaron con Tifón. Se le representaba con rasgos de asno.

 

El panteón Egipcio.

Amón.

Se le representaba con cabeza de carnero o con rostro humano, tocado con un gorro con dos penachos. Derivaba de un culto local tebano y su dominio era el cielo. Durante el Imperio Nuevo su clero alcanzó una influencia decisiva en la gobernación del país. La única divinidad que podía disputarle la primacía era Re, pero el problema teológico se resolvió asociando a ambos, como si se tratara de dos aspectos de una misma divinidad. Nació así Amón-Re, protector de la monarquía, al que se dedicaron los monumentales templos de Karnak y Luxor, y que alcanzó estatuto de dios creador. En el oasis de Siwa contaba con un oráculo que se hizo famoso en la antigüedad y que acudió a consultarlo Alejandro Mago. Los griegos identificaron a Amón con Zeus.

Anubis.

Divinidad de los muertos, representada con cabeza de chacal. Antes de que el culto de Osiris adquiriera su preponderancia. Anubis era el dios principal relacionado con la muerte y la vida de ultratumba. Más tarde, se le mostraba en la iconografía como auxiliar de Osiris en el acto de la psicostasia, esto es, el peso del alma para juzgar sus merecimientos y determinar su destino póstumo.

Bes.

Divinidad doméstica, seguramente de origen nubio, representada como un enano de aspecto grotesco y provisto de rabo. Presidía la buena fortuna y el placer, así como la fertilidad.

 

Hapi.

Dios del río, que traía la abundancia y la fertilidad. Se le representaba como una figura humana de aspecto orondo y feliz, con una espiga de trigo en la mano y otros atributos relacionados con la riqueza.

Hathor. 

La identificación de los bóvidos con divinidades se dio, al principio, un poco por doquier en Egipto. Pero al cabo todos esos cultos confluyeron en el de esta diosa vaca a la que inicialmente se veneraba en Dendera. En ocasiones se identificaba con Tawert, la diosa hipopótamo que presidía la procreación y los partos. Ello se debe al patronazgo sobre la fertilidad que se atribuía a Hathor. También era la diosa de la belleza, el amor y el matrimonio, y en algún momento se la confundió con Isis.

 

Min.

Divinidad masculina de la tierra, originaria del Delta. Considerado el principio activo de la generación era también el protector de nómadas, cazadores y todos los que llevaban una existencia al aire libre. Se organizaban festivales en su honor al iniciarse la cosecha. Gozó de gran popularidad, y las celebraciones dedicadas a este dios, al que se representaba con la verga en erección y de descomunal longitud, tenía carácter orgiástico.

Nun.

Personificación del caos y de las aguas primordiales que surgieron de éste y de las que, a su vez, surgió la creación. Esas aguas todavía rodean la tierra o modo de un gigantesco y tenebroso Nilo. En la iconografía Nun no se prodiga, pero aparece como un hombre sumergido en el agua hasta la cintura y sosteniendo en los brazos la barca solar.

Nut.

Diosa del cielo estrellado, nacida de Nun. Madre de Isis, Osiris y Set. Se la representaba como una mujer desnuda que apoya los pies y las palmas de las manos en el suelo, formando su cuerpo como un arco que es la bóveda celeste y bajo la cual viven y prosperan las criaturas. Al ponerse, el sol penetraba en su boca, y durante la noche recorría sus entrañas, hasta que al amanecer volvía a salir al exterior como si de un nacimiento se tratara.

Phat.

Divinidad masculina menfita, identificada al comienzo con Nun. En la iconografía presenta aspecto humano, sosteniendo con la mano la cruz ansata, símbolo de la vida y de la generación. Se trata de uno de los dioses principales del panteón egipcio. No se le asignan funciones precisas, pero aparece identificado con otras varias divinidades, así como con el culto del buey Apis.

Re.

Este dios solar era venerado en el templo de Heliópolis, considerado santuario nacional. Durante el Imperio Antiguo se transformó en protector de la Monarquía, y el faraón se daba el título de "hijo de Re". Tanta fue su importancia y tal el apoyo que los soberanos dieron a este culto, que Re fue considerado como dios supremo, y en cierto sentido, como dios único. El experimento monoteísta de Amenofis IV guarda alguna relación con esta tradición, ya que el dios Atón, que él intentó imponer como único, era solar y una evolución o nueva versión de Re, cuya advocación más notable era precisamente Atum. Con el Imperio Nuevo, sin embargo, la XVIII dinastía había impuesto a su dios tebano Amón, con el que Re acabó fusionándose para dirimir así la disputa por la supremacía de ambos cultos. También hubo de ceder ante Osiris su patronazgo de la vida de ultratumba y del destino de los humanos. La citada advocación de Re como Atum le hacía creador del universo. La operación creadora la llevó a cabo solo, sin ayuda de ningún otro ser, amasando arcilla con su saliva. De esta manera surgió la pareja primigenia, compuesta por Shu, el aire, y Tefnut, la humendad.

 

Tot.

Divinidad masculina con cabeza de ibis, originaria de Hermópolis, en el Medio Egipto. En un principio fue un dios creador, pero con el tiempo se fueron precisando sus funciones, hasta atribuirle el papel de escriba de los dioses. En el acto de la psicostasia él tomaba nota de los méritos y culpas del muerto y asimismo de la sentencia pronunciada por Osiris. Se le atribuida la introducción del derecho, la invención de la escritura jeroglífica y todos los progresos intelectuales que han hecho posible la vida civilizada. También era el dios de la magia. Su culto cobró auge en época tolemaica, pues los griegos le identificaron con Hermes y desarrollaron en torno a él una religión revelada, el hermetismo, cuyos principios tuvieron notable influencia en el pensamiento antiguo y medieval.

Dioses menores y héroes divinizados.

Se ha dicho que en una tierra tan uniforme y previsible como Egipto, dotada de un clima que no daba sorpresas y donde los fenómenos naturales, salvo inundaciones y sequías, no aportaban grandes temores ni experiencias traumáticas, los hombres fijaron muy tempranamente su atención en los animales, por lo que su conducta y su apariencia misma tenían de extraordinario. Ellos eran, en efecto, los únicos que escapaban a aquel devenir tranquilo y monótono. Los animales desempeñaron desde muy pronto un papel importante en los cultos, y en sus costumbres se quisieron ver simbolismos vinculados a la actividad de un dios. Ello sin descartar, en épocas remotas, orígenes totémicos en muchos de aquellos cultos.

De un primitivo culto a un felino, seguramente una leona, derivó en la ciudad de Bubastis el de Bastet, personificada por una gata. Hay que tener en cuenta que los gatos gozaban de una especial consideración y protección en Egipto y en los hogares se les dispensaba un trato considerado. En Bubastis se ha hallado una necrópolis con cuerpos momificados de gatos.

En El Fayum, en la ciudad que los griegos llamaron Cocodrilópolis, a orillas del lago Moeris, era venerado el dios cocodrilo Sobek. En un estanque del templo a él dedicado, se creaban cocodrilos, y el agua en la que nadaban se consideraba sagrada. También participaba en la naturaleza del cocodrilo, aunque otras partes de su cuerpo correspondían a un hipopótamo y un león, la divinidad femenina Ammut, que devoraba las almas de los muertos condenados por sus culpas.

La Esfinge era un híbrido de varios animales: cuerpo de león, cola de serpiente y alas de águila. Tenía rostro humano y pechos de mujer y ostentaba insignias de realeza. Era una especie de auxiliar de Re, a cuyos enemigos perseguía. La representación por excelencia de este ser mitológico es la Esfinge de Gizeh, que monta guardia ante las Pirámides con la mirada fija en el punto donde sale el sol.

En el escarabajo pelotero, que amasa una bola de estiércol y le hace rodar, vieron los egipcios un símbolo de Re, que hace otro tanto con el disco del sol. Khepra era una divinidad con cabeza de escarabajo que encarnaba a Re en las primeras horas de la mañana.

Seker era una divinidad funeraria con cabeza de halcón y cuerpo de persona vendado como una momia. En algún momento llegó a identificarse con Osiris y con Ptah. Hapi compartía con Seker el cuerpo de momia, pero presentaba cabeza de mono. Era hijo de Horus y desempeñaba la función de custodiar los pulmones del difunto, guardados en un vaso canópico que se depositaba en la tumba. La tapadera del vaso tenía la forma de la cabeza de Hapi. Los demás vasos canópicos, que encerraban otras tantas vísceras, representaban a los otros hijos de Horus: Mesta, con cabeza humana; Taumutef, con cabeza de chacal, y Kebsehsenuf, con cabeza de halcón.

Nehebkau era una serpiente con miembros humanos, de ser infernal que amedrentaba a los muertos cuando emprendían su viaje por el más allá.

Otro ser serpentino y maléfico era Apopis, empeñado en deshacer la obra creadora de Re-Atum. El hijo de éste, Shu, el aire, se enfrentó victoriosamente a Apopis y con él a las fuerzas del caos. A veces se representaba como un cocodrilo.

El animal sagrado más conocido de la tradición egipcia es el buey Apis. Su culto se extiende a lo largo de toda la historia, hasta época tolemaica, y se han hallado necrópolis con cuerpos momificados de estos animales. El culto al toro se halla en muchas civilizaciones antiguas, que le confieren simbolismo creador. Sería el principio activo de la generación y la fecundidad, enaltecido por el atributo de la fuerza. Se asoció sucesivamente, o a la vez, con Ptah, Re y Osiris. Tomó características de estas divinidades, y así tuvo advocación solar y patronazgo funerario. Los sacerdotes buscaban entre los rebaños aquellos animales que, por los signos que presentaban, podían participar de la naturaleza divina: pelo blanco y una mancha negra en frente, cuello y lomo.

En las elaboraciones teológicas se tendió a agrupar a los dioses en diadas, triadas, agdoadas y eneadas. Estos dioses encarnaban principios creadores, conservadores o transformadores, o bien cualidades y propiedades diversas.

En las aguas primordiales, dominio de Nun, habitaban unas parejas de deidades que les conferían, respectivamente, las cualidades de profundidad, inabarcabilidad, oscuridad e imperceptibilidad: Nun-Naumet, Huh-Hauret, Kuk-Kakwet y Amun-Amaunet. El aspecto masculino de esta última díada, Amun, evolucionó luego al dios principal Amón.

En torno a Nun, las aguas primordiales, se tejió una complicada red de divinidades relacionadas con los mecanismos de la creación y las propiedades de la materia. Re, en su advocación de Atum, creó a Shu y Tefnut, el aire y la humedad. De la unión de éstos nacieron Geb, dios de la tierra, y Nut, diosa del firmamento.

Además de las divinidades principales y secundarias, poblaban el panteón egipcio genios protectores de las distintas actividades o también maléficos, semidioses y personajes humanos, legendarios o con existencia histórica probada, que a su muerte fueron divinizados, y se les hizo objeto de culto. También, a lo largo de origen extranjero y, a su vez, los egipcios pasaron a formar parte de sistemas de creencias foráneos. Entre los mortales deificados cabe citar a Imhotep, consejero y arquitecto de Djeser, de la III dinastía, que fue aceptado como patrono de la medicina y de la ciencia y el aprendizaje en general. En época tolemaica aún se le veneraba, y los griegos lo identificaron con Asclepios. A otro arquitecto, Amenhotep, al servicio de Amenofis III, también se le reconoció patrocinio sobre la medicina y se le atribuía poder para actuar.

En época tolemaica, además de identificar dioses egipcios y griegos, y de desarrollar cultos renovados y universales en torno a ellos, se creó una divinidad sincrética, Serapis, en un intento de la dinastía griega de apoyar mediante la religión su política de aproximación entre el helenismo alejandrino y el mundo específicamente egipcio. El nuevo dios tomó rasgos del buey Apis, de Osiris, Asclepios y Dionisios. Se le representaba con figura humana, de un hombre con cabello y barba rizados. Su culto se centró en Alejandría en un templo monumental, el Serapeo, y pese al carácter artificioso apuntado y a que la introducción del culto tuvo un propósito político, la devoción por Serapis arraigó con gran fuerza en todo el ámbito mediterráneo, donde disputaba con Isis la primacía de los cultos egipcios.

Cobró fama de dios milagrero, que sanaba a los enfermos. De ese arraigo de idea la persistencia del culto, que fue suprimido violentamente por los cristianos en el siglo IV.

 

Los principales sistemas teológicos.

Las síntesis que han llegado hasta nosotros, elaboradas en algunos de los centros religiosos más importantes, son intentos de sistematizar o, al menos, de coordinar explicaciones diversas que atañen sobre todo a la creación. Casi todas las tradiciones situaban el origen del mundo, que era tanto como decir de Egipto, en una colina surgida a modo de isla en el océano primordial, de la misma forma que cuando se produce la crecida del Nilo las eminencias del terreno sobresalen por encima de las aguas. Varios templos situados en altozanos se atribuían su fundación en aquella colina. La idea de que la vida y la creación en general surgieron de las aguas es común a muchas tradiciones, y en el caso egipcio el relato parte de un abismo personificado en Nun. En este punto se confunden el caos y las aguas, de las que al cabo emerge la colina cubierta de limo fertilizante. El sol endurece el fango, y la vida comienza a surgir. En la colina aislada aparece el dios creador, y a partir de ahí se desarrollan los diferentes sistemas teogónicos y cosmogónicos.

La teología de Heliópolis.

Los sacerdotes del santuario nacional de Heliópolis elaboraron una síntesis centrada en el dios sol, Atum. Se le identifica con el caso primordial y con la voluntad de conferirle un orden. Este último consistió, ante todo, en crearse a sí mismo. A continuación emanó el aire y la humedad. Esta pareja engendró a Geb, el dios tierra, y a Nun, la diosa cielo. Esta nueva pareja dio nacimiento a Isis, Osiris, Set y Neftis. Esta última era una diosa que tuvo escasa representación y no parece que fuese venerada individualmente. Fuera de la teología heliopolitana apenas se la menciona, unas veces como esposa de Set y otras como madre de Anubis.

Se sitúa, pues, en este punto la leyenda de Isis y Osiris, que refleja la lucha, que aún prosigue, entre dos fuerzas encontradas, una positiva y otra negativa, y asimismo entre la dispersión y la unidad. Y la creación se organiza a través de unas etapas progresivas, personificadas en una divinidad, que comprenden el caos de las aguas primordiales, el aire, la humedad, la tierra, el cielo y los seres humanos.

Todas las divinidades enumeradas constituyen la llamada Gran Eneada. Los dioses de categoría inferior se agrupaban en una Pequeña Eneada.

 

La teología de Hermópolis.

Antes de la creación, existían cuatro parejas de dioses que vivían en medio del caos: Num y Naunet; Huh y Hauet; Kuk y Kakuet, y Amun y Amaunet. La Ordoada se refugió en una colina que emergió de las aguas abismales, asiento de la futura Hermópolis, y allí creó un huevo cósmico del que surgió el sol, que a su vez dio vida al universo.

 

La teología Menfita.

Esta síntesis se organiza en torno a Ptah, dios local de Menfis elevado a divinidad suprema a la vez que esa ciudad se convertía en capital del Imperio Antiguo. Al principio no había creación alguna, y el organizarla germinó como un pensamiento en el corazón del dios, que pronunció la palabra creadora, el "hagase". Esto bastó para que el caos se organizara. La unificación de Egipto por el legendario Menes constituía una contribución a la superación del caos, y equivalía a una continuación de la obra creadora. La monarquía dual y su legitimidad formaba parte asimismo de esa ordenación suprema.

Templos, sacerdotes y culto.

Mientras que para otros edificios se empleó el adobe, el material de construcción de los templos fue siempre la piedra. Siendo el templo casa del dios, el material que le convenía era el que mejor simbolizaba a eternidad. Los templos eran de dos clases: los dedicados propiamente a los dioses y los de carácter funerario, dedicados al faraón, pero al mismo tiempo colocados bajo el patronazgo de una divinidad. Además, había un santuario nacional, el que estaba en Heliópolis, al que todos los egipcios debían peregrinar una vez en la vida, y en caso de no poder hacerlo, la peregrinación la efectuaba su espíritu tras la muerte.

El tipo de templo más evolucionado y el que podríamos considerar canónico se ofrece a partir de la XVIII dinastía, y dio sus mejores ejemplares a partir de entonces. El templo tipo ideal se atendría a la estructura siguiente. El acceso se hacía por una avenida pavimentada con losas, flaqueada de esfinges u otros animales simbólicos. Delante del templo solía elevarse uno o más obeliscos. La fachada consistía en dos cuerpos trapezoidales en talud, los pilonos, decorados con relieves y con mástiles adosados en los que ondearían estandartes. Entre los dos pilonos, un tercer cuerpo, hundido con relación a aquellos y más bajo, alojaba la puerta, de forma trapecial. La puerta daba paso a un vasto patio con columnas a los lados y al fondo. Se pasaba a continuación a la sala hipóstila, esto es, sostenida la techumbre por numerosas columnas que dejaban un pasillo central que podía tener la cubierta elevada en relación con los lados, con lo que se configuraba un espacio dividido en tres naves. En el desnivel entre la nave central y las laterales se abrían claraboyas o tragaluces. Del ambiente penumbroso de la sala hipósitila se pasaba a la oscuridad de la sala hipotra, de techumbre más baja que la anterior. Por último, otra sala, más baja y asimismo oscura, con corredores alrededor cuya función se desconoce, aunque podrían guardar relación con el simbolismo del laberinto, encerraba el santuario propiamente dicho, donde se veneraba la estatua de la divinidad y al que tenían restringido el acceso el faraón, el sumo sacerdote y, quizás, alguna otra personalidad destacada. Los espacios anteriores estaban abiertos al clero y a los altos dignatarios. La planta del templo era, pues, rectangular, y las salas se sucedían una tras otra y, como se ha explicado, en progresiva disminución y oscuridad. El pueblo debía permanecer siempre en el exterior, donde se celebraban fiestas, ceremonias y procesiones.

El número de sacerdotes era elevado, pues los templos eran muchos y por lo general precisaban de abundante personal. Al tratar específicamente del clero de Amón ya se han esbozado las distintas categorías de sacerdotes. El mismo esquema podría trasladarse a otros cultos, por lo demás independientes unos de otros: un bajo clero que desempeñaba funciones serviles en los templos, y alguna categoría intermedia hasta llegar a los "esclavos de la divinidad", los únicos que oficiaban las ceremonias solemnes. Sobre la extracción social de los sacerdotes, se sabe que al menos para integrarse en los rangos superiores del clero se exigía que los candidatos pertenecieran a familias "honorables".

Los cultos que cabría clasificar como rutinarios consistían en revestir la estatua del dios con los ropajes adecuados, ofrecerle el alimento de forma parecida a como se presentaba en el palacio real y recitar las oraciones adecuadas. La comida, servida tres veces al día, se consagraba a fin de que sus propiedades pasaran al otro mundo y alimentaran al dios. Los particulares adinerados y de alto rango participaban en estas ofrendas aportando estatuas de sus personas para que estuvieran presentes durante aquellas operaciones. Una vez finalizada la consagración, la comida se repartía entre los sacerdotes y aquellos a quienes el rey había distinguido con una pensión alimentaria. A los dioses egipcios no se les ofrecían sacrificios cruentos.

En determinadas festividades, la estatua se sacaba en procesión, cubierta con un velo. En el exterior de algunos templos había estanques sagrados por los que navegaban las barcas con las que se organizaba un cortejo presidio por el dios. Los templos junto al río organizaban la procesión de barcas por el Nilo. Al pasar frente a otros templos, el dios se detenía y recibía ofrendas. En otras barcas viajaban músicos y cantantes.

 

El más allá y los estados póstumos.

Para considerar esta cuestión, la mejor guía es el Libro de los muertos, denominación que el egiptólogo Lepsius dio a un manuscrito jeroglífico procedente del museo de Turín, y que publicó en 1.842. El título que hoy se considera más apropiado es Libro de la salida hacia la luz del día. Este texto es una compilación de la época del Imperio Nuevo que se hacía eco de tradiciones anteriores. En efecto, en los llamados textos de las Pirámides se recogen las fórmulas que se usaban en el Imperio Antiguo y que parecen tener su origen en las prácticas de los sacerdotes de Heliópolis en torno al culto de Re, y también al de Osiris. En el Imperio Medio, esas fórmulas pasaron a los que conocemos como textos de los Sarcófagos.

Al enfrentarse un lector moderno al Libro de los muertos no puede dejar de percibir las dificultades de valorar el sentido de términos y símbolos en una tradición desaparecida. Tampoco para los egiptólogos es empresa sencilla. Los estados póstumos y el viaje por el más allá se refieren al aspecto psíquico del ser humano y son en buena medida subjetivos, pues dependen de la propia percepción del difunto. Todo es muy impreciso y no está ordenado cronológicamente, al menos desde el punto de vista de nuestras exigencias modernas de sistematicidad. Para poder adentrarse en ese mundo incierto, conviene considerar primero la concepción que los egipcios tenían del ser humano.

 

La triple constitución del hombre.

Para los egipcios, el hombre estaba compuesto de un cuerpo físico, un ka y un ba. El ka era la conciencia y el reducto de la individualidad, y en ella se distinguían tres niveles. En el inferior residía la conciencia orgánica , centro de los instintos y del principio vital. En el nivel medio hallamos la conciencia individual, centro de la personalidad, del yo y de la actividad mental. En el nivel superior, la conciencia supraindividual, el espíritu superior.

El ba era el espíritu, que sobrevivía a la muerte corporal, y en la iconografía se representa con un pájaro a fin de subrayar su carácter volátil, lo que le colocaba en peligro de perderse en el más allá. Se solía hacer referencia a este principio en relación, sobre todo, con los muertos: la conservación del cuerpo embalsamado era el soporte para que ba se fijara y no se perdiera, al ser la momia la imagen del ka.

A la triplicidad reseñada algunos autores añaden el aj. Para explicar en qué consistía no disponer de conceptos tan claros. Sería como una sublimación del ka, un principio superior, individualizado, que mora en la gloria del más allá.

 

La momificación.

Esta práctica, colocada bajo el patronazgo de Anubis, precedía a los complejos ritos funerarios y tenía por objeto evitar la corrupción del cuerpo. La muerte, para los egipcios, era un paso o cambio de estado. Representaba un tránsito lleno de peligros, a los que era preciso sustraerse a fin de que los diversos elementos constitutivos del ser humano no se dispersaran y se pudieran introducir en el cuerpo. Entonces sería posible una vida en el más allá calcada de la que conocemos, pero transfigurada, desarrollada en un plano superior y para la eternidad. Para lograr ese fin era menester conservar el cuerpo, el más frágil de los componentes del ser humano. Sobre las técnicas de embalsamamiento sabemos lo que cuenta Herodoto y los datos que nos proporcionan los exámenes científicos a que han sido sometidas las momias. Seguramente aquellas técnicas se perfeccionaron con el tiempo, y tal como las conocemos se aplicaban en épocas tardías. Además, por su prolijidad y coste, sólo estarían al alcance de las altas personalidades. Según Herodoto, que no está de más insistir en que es un testimonio tardío, los embalsamadores disponían de "catálogos", consistentes en maquetas de momias de madera pintada, para que decidieran el servicio según sus posibilidades. El más caro y minucioso era "el embalsamamiento de Osiris", y seguían los de segunda y tercera categoría.

La primera operación a que se sometía el cadáver era rasurarlo completamente. Luego se le extraía parte de la masa encefálica por las fosas nasales, valiéndose de un gancho de hierro. A continuación, y por la misma vía, se introducía una sustancia que disolvía el resto de masa encefálica. Con un cuchillo de piedra que, se precisa, era de procedencia etíope, se practicaba una incisión en un costado y por allí se evisceraba el cadáver.

Una vez vaciadas las cavidades torácica y abdominal, se llenaban con vino de palma al que se añadían sustancias aromáticas. Con esto el interior quedaba lavado. Se drenaba el líquido y se introducían en las cavidades mirra molida, casia y otras plantas aromáticas. Se cosía la incisión, y las vísceras se depositaban en los vasos canópicos.

Sólo el corazón se dejaba en su lugar, aunque también podía ser sustituido por un escarabeo. Retirados, pues, los elementos más corruptibles, el cuerpo quedaba ahora reducido a piel, huesos y cartílagos. Con el fin de deshidratarlo, se recubría de sal y se introducía en natrón, carbonato sódico que se hallaba en estado natural en Egipto, y así permanecía 70 días. Una vez absorbida toda la humedad que conservara el cuerpo, éste se extraía del natrón, se lavaba y se vendaba. Las vendas eran de gasa muy fina, empapadas con goma arábiga y aceites cosméticos, y de una longitud total que podía llegar a varios centenares de metros distribuidas en tres capas, la superior con vendas de mayor anchura. Mientras se efectuaba el vendado, se iban introduciendo entre las bandas, y en los lugares prescritos, amuletos y piedras duras que reforzaban la protección, así como diversos dedales de metales preciosos, pectorales, etc. En algunas vendas se ejecutaban además dibujos con figures de divinidades.

Por último, antes de proceder a la introducción en el sarcófago, se proveía al difunto de un ejemplar del Libro de los muertos, que habría de servirle de guía en el más allá. Se ha encontrado gran número de papiros que contenían este texto, a cuya copia se dedicaban equipos de sacerdotes que dejaban en blanco el nombre del difunto para que, en cada caso, se añadiera. Existía, pues, toda una "industria editorial" que atendía la gran demanda de este elemento imprescindible en todo sepelio mínimamente digno.

El personal que realizaba estas operaciones aparece en las figuras con las denominaciones de ut, canciller del dios, embalsamador de Anubis y encargado del secreto del taller de embalsamamiento, aunque no sabemos exactamente cuáles eran las funciones de cada uno. Había también adscrito al servicio un sacerdote encargado de leer las plegarias y conjuros que debían acompañar a cada parte del proceso.

Pese a todas las precauciones, resulta evidente que el cuerpo podía deteriorarse hasta desaparecer, o sufrir algún percance que comprometiera su conservación. Para prevenir esta contingencia, se esculpían estatuas a las que, mediante una operación mágico-religiosa, se traspasaban las cualidades del cadáver. Esta costumbre explica la gran abundancia y variedad de estatuas que nos han llegado de la antigüedad egipcia.

Rituales funerarios.

Una vez completada la momificación, se procedía a la "apertura de la boca". Consistía en devolver al difunto al poder que otorga la palabra y, en general, el conjunto de sus facultades, necesarias para desenvolverse en el más allá. En torno al cuerpo se disponían las figurillas mágicas, de las que se han llegado a encontrar hasta 700 en una sola sepultura, y que atraían sobre ellas las asechanzas de los seres de Duat, el mundo intermedio. El objeto de esas asechanzas era la sombra de la persona, a la que se infligían tormentos para retrasar la evolución póstuma y que era el único soporte del ba.

Otra parte del ritual consistía en presentar ofrendas al difunto. Su finalidad era alimentar simbólicamente el ka. Éste debía purgarse de todos los deseos elementales con que lo cargaba la conciencia individual, pero sin llegar a perderse. La ofrenda representaba la aportación de energías psíquicas renovadas.

El viaje póstumo.

Se efectúa en la barca de Re que navega por el mundo intermedio. Allí se extienden las aguas primordiales en las que mora Apopis, enemigo de Re y simbolizado por un dragón, que trata de anular la conciencia. La barca, cada una de cuyas partes tiene un nombre y una función precisas, navega todo un día: las 12 horas diurnas corresponden a la vida y las 12 nocturnas, a la muerte. Estas últimas implican el paso por 12 puertas, otros tantos misterios que el difunto debe superar. El avance de la barca es lento en las primeras horas nocturnas, y está lleno de peligros. Los sufrimientos que aquí se experimentan son las faltas asimiladas a los enemigos de Osiris. En la cuarta hora se atraviesa la región seca de Sokari, y la barca debe ser arrastrada. Se brinda a continuación la posibilidad de pasar a un lago a través de una vía húmeda, o de cruzar por una vía seca al árido Ro Setau. Ambas vías están separadas por un mar de fuego.

A partir de la sexta hora, la navegación se hace más llevadera, pero el difunto debe seguir peleando con las fuerzas adversas, esta vez relacionadas con Set, hasta que llega el alga. En las horas diurnas, las dificultades prosiguen, y entre otros obstáculos hay que superar un mar de fuego.

Pese a la apariencia de regularidad de lo que se lleva relatado, marcado por el paso de las horas, en el Libro de los muertos no se tiene una clara impresión de secuencia cronológica. Tampoco la topografía está muy clara, y las regiones del trasmundo no se suceden estrictamente como las etapas de un itinerario. Tiempos y lugares muchas veces parecen confundirse o superponerse, como en los sueños. Por otra parte, y además de los sufrimientos que se experimentan por la acción de seres maléficos, el difunto es víctima de padecimientos físicos como el ahogamiento, la sed y el vértigo ante los insondables abismos. Además, ve otras almas en situación tan mísera como la suya, pero se siente solo.

Si los ritos y encantamientos surten los efectos deseados, en el espíritu se van imprimiendo las imágenes ideales de un viaje apacible, con las que habrá de contrarrestar las imágenes negativas que le han asaltado, producidas por su propia sombra. El Libro de los muertos insiste en la necesidad de pronunciar palabras de poder y conocer el nombre de los demonios, pues este conocimiento otorga dominio sobre ellos y permite desbaratar sus asechanzas. Si consigue superar todas estas pruebas, y su identidad y su conciencia no se disuelven, estará en condiciones de comparecer ante Osiris. Del mismo modo que este dios, despedazado, vuelve a la vida al unirse los fragmentos, el difunto, reintegrados los principios que lo constituyen, deja atrás los reinos de Duat y Amenti y puede circular con libertad por el más allá. Paradójicamente, el lugar donde se desarrolla el juicio debería situarse entre aquellos reinos, pero esa localización vuelve a plantear el "desorden" topológico que preside el tránsito por el más allá.

 

El pesaje del alma.

Purificado tras su paso por las regiones tenebrosas, el difunto comparece ante el tribunal que ha de juzgarle. Es conducido al santuario de Maat por la propia personificación de Maat o por Anubis, el dios psicopompo, ante los que habrá pronunciado la contraseña, que en su momento hubo de aprenderse. Una vez purificado, penetra en la sala del juicio, donde realiza una confesión negativa: dice lo que dejó de hacer, no lo que hizo. Le asiste un número variable de "asedores" del trasmundo: 7 o múltiplos de 7, que al mismo tiempo actuaran como sus jueces. El corazón se coloca en un platillo, la pluma de Maat, el contrapeso de las faltas no cometidas. Tot, el escriba divino, levante acta. Un ser maléfico, representado como hipopótamo, cocodrilo o perro acecha por si las acciones del difunto hacen de éste su presa. Si el veredicto es favorable, Horus conduce al triunfador a la presencia de Osiris. La reconstrucción de los cuerpos del difunto equivale ahora a la del cuerpo desmembrado de Osiris.

 

El destino último.

No queda muy claro cual es la posteridad del difunto tras el juicio. Parece deducirse que hay dos vías, cada una con sus matices; la de Horus, directa, y la de Osiris, indirecta. La primera comporta la resurrección o restauración, que significa alcanzar un cuerpo glorioso identificado con Horus. También cabe la posibilidad de pasar a formar parte de los espíritus santificados.

La vía de Osiris parecería conducir a la conciencia espiritual o ka superior. Convertido en espíritu santificado, el difunto podría recorrer en libertad todas las regiones del trasmundo y pasar por una serie de metamorfosis al término de las cuales se le franquea la entrada en el paraíso, situado al borde de un lago.

La magia, las supersticiones y la adivinación.

La magia permanecía al conjunto de saberes legítimos y codificados y se enseñaba al margen de las doctrinas religiosas, si bien estaba muy vinculada a ellas. El prestigio de los magos egipcios se extendió hasta los primeros siglos de nuestra era. En la vida cotidiana era corriente observar prescripciones mágicas para librarse del mal de ojo y de las influencias nefastas. El uso de amuletos y la recitación de encantamientos de todas clases formaba parte de las costumbres más arraigadas. Si era notable el poder que se atribuía a la palabra, los amuletos basaban sus supuestas virtudes en que se consideraban receptores o acumuladores de fuerzas. Al explicar el proceso de la momificación, ya se hizo referencia a la importancia de incluir figurillas entre las vendas. Y los vivos no dejaban tampoco de llevarlas, sobre todo en el pecho, esto es, en la proximidad del corazón. La arqueología ha descubierto miles de estos amuletos, de los más diversos materiales según las posibilidades de sus dueños: de oro, bronce, piedra, pasta vítrea o cerámica, eran finas muestras de orfebrería o productos industriales hechos con molde. Los amuletos reales, como la corona o la cobra, con lo que de algún modo comunicaban la fuerza y la excelencia del soberano; símbolos de la vida, como la cruz ansata o ankh, cuya forma parece tomada del trenzado en las tiras de sandalia, o bien el corazón; la protección que suponía el propio nombre encerrado de un cartucho; la plomada de albañil como símbolo de equilibrio, etc.

Sin duda, los símbolos más extendidos son el escarabeo, el djed, el nudo de Isis y el udjat. El primero consiste en el tratamiento artístico de un escarabajo coprófago, símbolo de regeneración. El djed era una columna o pilar en miniatura, quizá de origen prehistórico, ligado a ritos agrícolas y al culto de Osiris. El nudo de Isis viene a ser como una cruz ansata cuyos brazos se dirigen hacia abajo.

Aunque de empleo muy corriente, su simbolismo es oscuro, y se relaciona con Isis porque suele colocarse al lado del djed, que remite a Osiris. Por último, el udjat es uno de los símbolos egipcios más reconocidos universalmente: el ojo subrayado por el bucle inferior que es una estilización de la marca que se aprecia en los halcones. Está claro, pues, que se trata de un amuleto de Horus y que el ojo representa la videncia total y, por extensión, la plenitud, la fecundidad. Estos amuletos se hallan con profusión en las tumbas, pero no eran exclusivamente funerarios.

Otros amuletos eran los collares de caracolas y las efigies del dios Bes y de la diosa hipopótamo Tueris, así como otros de finalidad curativa, como cañas, colas de cebollas, perlas y diversas piedras preciosas y semipreciosas.

Aparte de esta magia popular, las operaciones mágicas formaban parte del culto. En este sentido, los sacerdotes oficiaban en buena medida como magos, sobre todo por el uso de las palabras y los gestos prescritos para circunstancias concretas. Y ello sin contar con determinadas prácticas, a las que hacen referencia muchos autores, destinadas a producir efectos para maravillar al pueblo sencillo. En efecto, recurriendo a trucos de lo que podríamos considerar física recreativa, se lograrán resultados vistosos que pasarían por prodigios. Se aplicarían principios de acústica u óptica para que los dioses hablaran o se aparecieran, o bien se utilizarían mecanismos hidráulicos u otros ingenios mecánicos para mover estatuas, abrir puertas, etc. La arqueología, sin embargo, no ha aportado pruebas que permitan suponer que tales prácticas eran habituales. Aparte la magia estrictamente religiosa, los formularios mágicos y los aspectos más oscuros de todas estas actividades corresponden a épocas tardías, en particular al período helenístico, cuando se elaboraron los sistemas sincréticos, se desarrollan doctrinas gnósticas o cobraron auge los cultos mistéricos.

La adivinación se hacía, fundamentalmente, interpretando sueños y presagios diversos. Los egipcios fueron buenos astrónomos, pero desconocieron la astrología, que en cambio floreció en Mesopotamia. Se cree que por influencia babilónica inició su penetración en Egipto durante la ocupación persa, y gozaría de predicamento en aquella Alejandría helenística que fue crisol de culturas, filosofías y creencias griegas y orientales. Otra cosa es que, para revestir ciertos saberes de un prestigio antiguo, se les haya adjudicado una prosapia que remite a divinidades egipcias.

 

 

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