LA INDIA. CASTAS Y RELIGIONES.

GIGANTISMO Y COMPLEJIDAD, DOS ADJETIVOS PARA UNA SOLA REALIDAD.

India, el segundo país del mundo por su población después de China, es la cuna de una cultura milenaria, de las lenguas más antiguas que se conocen en el planeta y de gran cantidad de religiones y formas de pensamiento que todavía se mantienen vivas. Su vasto territorio ha albergado numerosos pueblos, etnias y religiones que durante siglos han aprendido a convivir dando lugar a una espléndida cultura.

Esa realidad plural y compleja que es India provoca, en ocasiones, sorprendentes contradicciones que la convierten en todo un reto intelectual: una vetusta civilización que tiene un protagonismo indiscutible en la economía y la política internacional contemporáneas; una estructura social basada en la diferenciación de castas; una geografía muy variada que se basa en una realidad física muy bien definida, el subconsciente indio; un mundo poblado de ídolos y dioses, donde se niega en último término la existencia de Dios; una cultura que se ha recreado en la sensualidad y ha volcado sus magníficas dotes para la creación artística en la construcción y decoración de sus templos; una civilización, en definitiva, donde pasado y presente conviven con gran fuerza, haciendo que los hombres y las formas de pensamiento adquieran un talante tolerante y siempre abierto a la llegada de nuevas influencias.

Pocos países en el mundo tienen una cultura tan antigua y diversa. En un largo e ininterrumpido periodo de más de 5.000 años, la cultura india se ha enriquecido por sucesivas oleadas migratorias que fueron absorbidas por la forma de vida india. Esta diversidad de culturas representa un sello distintivo del país. Su variedad física, religiosa y racial es tan inmensa como su variedad lingüística. Debajo de esta diversidad yace la continuidad de una civilización y la estructura social de India desde los tiempos más remotos hasta el presente. La India moderna presenta un panorama de unidad en la diversidad, sin paralelo en la historia.

 

De la naturaleza al pensamiento y a la vida cotidiana.

El pensamiento y la civilización indios están profundamente determinados por la realidad física que los domina. Así, por ejemplo, la idea de la rueda de samsara o rueda de las reencarnaciones a la que el hombre está eternamente atado, tiene mucho que ver con el carácter circular y recurrente del clima monzónico. Por otra parte, la exuberancia, la frondosidad y la fertilidad que las lluvias traen consigo poseen un efecto determinante en el carácter sensual y pletórico de la civilización que se ha desarrollado en India. El pensamiento indio siempre se ha propuesto reproducir en su literatura y en todas sus manifestaciones artísticas la génesis cósmica. Las artes son, así, un microcosmos en el que se reconstruyen los principios vitales del universo. Desde sus orígenes, el arte indio intentó hacer palpables los misterios de la existencia reproduciendo la forma de actuar de la naturaleza. Tanto las montañas como los ríos y el monzón han sido tradicionalmente objeto de devoción para los indios, que les han otorgado un profundo respeto, similar al que han promovido en Occidente desde hace algunas décadas los movimientos ecologistas.

En India, la relación que se establece entre el hombre y la naturaleza es tan estrecha, que se convierte en uno de los principales factores para entender su forma de concebir el mundo, de organizar su sociedad y de expresarse plásticamente. Puede decirse, por tanto, que dicha relación es el elemento que contribuye de forma más definitiva a marcar las diferencias entre las sociedades orientales y occidentales, abriendo a menudo un abismo entre ambas.

En la sociedad india el hombre se ha esforzado por convivir con la naturaleza de acuerdo con un principio de no agresión que recibe el nombre de ahimsa (no violencia). Este principio se aplicó también en el terreno de la política desde la época de Ashoka (273-337 a.C.) y, en el mundo contemporáneo, dio lugar a corrientes tan importantes como el satyagraha o movimiento de resistencia pasiva que emplearon los seguidores de Mahatma Gandhi para conseguir la independencia del Imperio británico. Frente al carácter marcadamente antropocéntrico de las civilizaciones occidentales, India ofrece una visión mucho más global del Universo, en la que el hombre no es más que un ser insignificante, ligado por el azar al gran movimiento cósmico.

En la concepción india del mundo cada elemento del ámbito fenoménico se convierte en una guía que lleva al orden metafísico, el hombre, y cada uno de los elementos del mundo humano se convierte en receptáculo de la naturaleza, se guía por sus pautas y participa de una especie de savia o fuente común a todos ellos, que les da vida y recibe el nombre de Brahma.

En el mundo indio no se concibe la actividad humana como algo escindido o separado de la naturaleza. Al contrario, ésta constituye su punto de partida y su razón de ser, de manera que no resulta exagerado afirmar que la naturaleza es el primer y el más definitivo de los condicionantes éticos y estéticos. El fin último de la vida para el nativo de India consiste en la asunción por parte del individuo de su identidad con todo lo creado: lo que los budistas llaman Nirvana y los hindúes denominan Brahman, una realidad inconmensurable, sin límite, que en la religión hindú se antropomorfiza y da lugar a la primera divinidad de la tríada: Brahma, el dios creador.

 

De península a subconsciente.

La civilización india ocupa el espacio natural de la península de Indostán, cuyos 3.268.000 km cuadrados se reparten entre India, Pakistán (800.000) y Bangladesh (144.000). Esta unidad geográfica se caracteriza por su gran variedad orográfica y climática, que abarca desde los picos de nieves perpetuas y los bosques del Himalaya, hasta la selva tropical de Bengala, pasando por el desierto del Thar, en Rajastán. Al mismo tiempo, la península de Indostán presenta una extraordinaria unidad, que se pone de manifiesto en su carácter peninsular y su consiguiente aislamiento del resto de Asia, así como en la presencia en todo su territorio del ciclo monzónico, un hecho determinante que condiciona de forma decisiva su naturaleza.

La península de Indostán, también llamada subcontinente indio, tiene forma de triángulo invertido y está situada entre los meridianos 70º y 90º y entre los paralelos 35º y 10º, es decir, en una zona del planeta que coincide en latitud con el territorio que se extiende desde Sevilla, hasta el golfo de Guinea. El vértice del triángulo y su punto más meridional es el cabo Camorín, que separa las dos grandes costas indias: al oeste, la llamada costa Malabar, bañada por el mar Arábigo, y al este, la costa Coromandel, abierta al mar de Bengala.

La península está cerrada al norte por la infranqueable barrera del Himalaya, la cordillera más elevada del mundo, que se prolonga hacia el noroeste en la cadena del Karadorum (al norte de Pakistán) y en el Hindukush, y sirve de frontera natural entre los actuales Estados de Pakistán y Afganistán. En la cordillera del Hindukush se abre el paso de Khyber, un desfiladero natural que desde el comienzo de la historia de India ha sido el único paso transitable para invasores y comerciantes. Más al sur, el triángulo se cierra con los montes de Sulaiman y de Kirthar, que separan la península del desierto de Beluchistán. Al noreste, la península acaba en el delta formado por la conjunción de los ríos Meghna, Ganges y Brahmaputra, y en las grandes zonas aluviales que constituyen Bangladesh, separadas de Myanmar por los montes Khasi.

El subcontinente indio está bañado por tres grandes ríos que nacen en el Himalaya: el Indo, que recorre Pakistán de norte a sur; el Ganges, que atraviesa el norte de la península y discurre de oeste a este, y el Brahmaputra, que baña los estados del noreste de India, así como Bangladesh. Deben destacarse, además, otros cuatro ríos que recorren la meseta del Decán y que han formado en sus alrededores importantes enclaves históricos; estos ríos atraviesan la península de forma transversal y son, de norte a sur: el Narmada, el Tapti, el Godavari y el Krisna.

Desde Garhwal, una recóndita región del Himalaya central, el río Ganges recorre más de 3.000 km hasta su desembocadura en el golfo de Bengala y riega todo el norte de India. Es un río como cualquier otro, pero desde siempre ha desempeñado un papel fundamental en la vida del país. Ha sido y es un importante medio de transporte y sus aguas sirven para el regadío de muchas hectáreas de cultivo. En sus orillas se asentaron capitales históricas, como Prayag (actual Allahabad), Kasi (actual Varanasi, Benarés), Pataliputra (actual Patna) y Calcuta, situada en la rama deltaica del Hughi.

La península de Indostán puede dividirse en tres zonas claramente diferenciadas: la región del Himalaya, la planicie indogangética y el Decán.

La región del Himalaya, al norte, está constituida por las zonas limítrofes con dicha cadena montañosa, cuyas numerosas cordilleras dan lugar a distintos valles que constituyen las regiones de Ladakh, Cachemira, Uttar Pradesh, Jammu e Himachal Pradesh, al noroeste, y de Sikkim y Aruachal Pradesh, al noreste. Las estribaciones del Himalaya descienden de forma abrupta hasta las grandes planicies formadas por los ríos Indo y Ganges, que forman lo que se ha dado en llamar la cuenca indogangética. Esta zona, densamente poblada, ha sido desde la Antigüedad la cuna de importantes civilizaciones y el lugar de asentamiento de numerosos pueblos que llegaron a ella atraídos por su fertilidad. Al sur de las grandes planicies, se extiende la meseta del Decán, un macizo rodeado por las cadenas de montañas de los Ghates orientales y los Ghates occidentales, que se unen al sur en los montes Nilgiri. Los Ghates desciendes de forma brusca hacia el mar creando una franja costera estrecha y discontinua, cuya riqueza y fertilidad ofrecen un intenso contraste con la aridez de la meseta.

Historia de unos vientos de ida y vuelta.

El clima tropical monzónico que afecta la mayor parte del territorio indio ha influido de forma decisiva en el pensamiento y la civilización que se han desarrollado en el subcontinente. Dicho clima se caracteriza por la alternancia de una estación muy seca con una estación húmeda y calurosa, acompañada de lluvias abundantes, en ocasiones torrenciales. Las lluvias las provoca un viento alisio estacional, que recibe el nombre de monzón.

En los meses de Junio y Julio, el monzón sopla desde el mar Arábigo y atraviesa el país descargando abundantes lluvias. Al llegar al mar de bengala, se carga de humedad y de masas de aire cálido y regresa al mar Arábigo en Septiembre y Octubre. La estación húmeda dura unos dos meses, que suelen coincidir con Julio y Agosto, y produce un cambio profundo en el aspecto físico de la península: el lugar pasa de ser un paraje árido a frondoso. Durante la época seca, el calor resulta agobiante, con temperaturas máximas de 35ºC en el mes más cálido, y mínimas de unos 18ºC en el mes más frío. Se trata, por tanto, de un clima muy caluroso durante la mayor parte del año, excepto en las zonas de alta montaña. Resulta comprensible, pues, que la llegada del monzón se viva como un auténtico alivio, ya que supone una bajada de las temperaturas y lleva consigo la vida y la fertilidad.

El clima monzónico constituye uno de los condicionantes principales de la civilización india, sobre todo si se siente en cuenta que el 80% de la población vive de la agricultura, factor que ha dado lugar a una cultura en la que los productos vegetales tienen un papel protagonista: no sólo marcan con su cosecha el calendario festivo y son parte indispensable del ritual, sino que constituyen también la materia prima para la construcción de viviendas y la base de la alimentación de una población mayoritariamente vegetariana.

El monzón marca la vida de tal forma que la misma palabra (varsha) designa la lluvia y el año. El carácter cíclico que comporta el vaivén del monzón, la continua vivencia de un paraíso y un infierno que se alternan, y la esperanza en el retorno puntual de las lluvias determinan una gran tensión vital en el mundo indio, una tensión que caracteriza todas sus formas de pensamiento y todas las expresiones vitales. Sin duda, la concepción india del tiempo y de la existencia guardan una estrecha relación con esta peculiaridad climática, que ha dado lugar a una visión circular del tiempo y de la historia, así como a una civilización profundamente sensual, en la que el elemento femenino ha asumido, desde siempre, un papel decisivo.

Un tropel de étnias, lenguas y religiones.

La diversidad del paisaje que caracteriza el subcontinente indio se ve enriquecida por una gran variedad étnica y religiosa. Esto es así porque la historia de India es la de un territorio continuamente invadido y la de unos habitantes que durante siglos han ideado formas de hacer posible la convivencia con los recién llegados, sin renunciar por ello a sus propias tradiciones y lenguas. La superposición de culturas ha dado lugar al carácter tolerante que caracteriza al pueblo indio y ha originado también su asombrosa capacidad de síntesis. India ha sido capaz de establecer una profunda interacción entre las culturas autóctonas y las de los sucesivos invasores, permitiendo que hayan llegado hasta nuestros días numerosas formas de pensamiento, lenguas y religiones que se desarrollaron hace miles de años.

En muchas ocasiones se ha señalado la necesidad de hablar de India en plural. El territorio de la Unión agrupa, en efecto, varias “Indias” distintas, y más que un país, habría que considerarlo un continente. Pocas civilizaciones del mundo pueden vanagloriarse de la enorme variedad cultural que ofrece India. El país cuenta con más de 900 millones de habitantes que, sumados a los más de 100 millones de Pakistán y a los 115 millones de Bangladesh, representan más de la quinta parte de la población mundial.

Ciudades con personalidad propia.

Delhi, que se encuentra en el corazón del país y cuenta con unos 10 millones de habitantes, incluye dos ciudades en una: La vieja Delhi, capital de la civilización mogola, con sus calles estrechas y sus bazares, y Nueva Delhi una ciudad moderna con amplias avenidas, altos edificios y parques. La capital de India es en realidad la fusión de siete ciudades fundadas por otros tantos emperadores: Lalkot, Siri, Tuglakabad, Ferozabad, Lodi, Shahjanadabad y Delhi, construidas en parte unas sobre otras. En ellas establecieron su poder las diferentes dinastías; la última la Muslim, fundó Delhi en el siglo XVII.

La mayoría de los edificios de interés histórico se conservan en la parte vieja, como el Fuerte Rojo, construido por la dinastía mogola y convertido actualmente en un gran centro turístico con varios palacios, un museo, mercadillo y espectáculos audiovisuales por las tardes. Sus muros y sus torres, construidos con adobe rojo, resistieron el ataque de las tropas británicas durante la guerra de la Independencia de 1.857.

El Raj Ghat tiene una gran significación histórica por ser el lugar donde fue incinerado Mahatma Gandhi después de su asesinato en 1.948. En su recuerdo arde una llama eterna.

La ciudad nueva es un ejemplo de urbanismo moderno. Los ingleses construyeron el Rashtrapati Bhawan como residencia de su virrey y en la actualidad es el alojamiento oficial del presidente indio. Nueva Delhi sorprende por su modernidad occidental, herencia de la dominación británica, que contrasta y asombra en un país tradicional y superpoblado como es India. Centro y dirección del potencial económico nacional, la ciudad reúne las condiciones para impulsar su desarrollo.

En la cercana Agra se encuentra el incomparable monumento al amor que es el Taj Mahal, sin duda el ejemplo más emblemático de la arquitectura mogola.

Hacia el este, en la ciudad sagrada de Varanasi, miles de hindúes se bañan en las aguas sagradas del Ganges, Varanasi es una ciudad repleta, con calles cargadas de millares de gentes: hindúes y musulmanes, vendedores, mendigos, vacas, rikshaws, masticadores del betel, adoradores de Siva, cientos y cientos de templos, monos, moribundos, y el olor intratable que viaja en el aire. Además, Varanasi es el centro principal de estudio del hinduismo, gracias a la enorme Universidad Hindú y a la Universidad Sánscrita, que guarda más de 150.000 manuscritos históricos. En esta ciudad se potenció, durante el siglo XV, el renacimiento hindú, cuando Tulsi Das tradujo el Ramayana del sánscrito al hindú, y fue ahí donde vivió Kabir, uno de los mayores poetas de la India.

Al suroeste de Delhi está Jaipur, la ciudad rosada, donde se halla el impresionante palacio de los Vientos, con 953 ventanas.

Durante siglos, los viajeros han atravesado el océano para visitar Madrás, la gran ciudad del sur. En Mamallapuram, situada a una corta distancia de Madrás, se conservan extraordinarios templos del siglo VII a lo largo de la playa, así como cinco Rathas, enormes piedras talladas en forma de carrozas.

La cercana consta del golfo de Bengala está jalonada de playas adornadas con palmeras y árboles de casuarina. En ella se encuentran hermosas ciudades como Cochin, la capital de las especias; Pondicherry, donde todavía subsiste el sabor francés, e Hyderabad, con su impresionante fortaleza y sus noches de atmósfera árabe.

El puerto de Munbai es la puerta de India. Esta dinámica ciudad cosmopolita fue durante mucho tiempo el centro comercial más importante del país. Hoy en día los rascacielos bordean las playas, que es también el centro de la próspera industria cinematográfica de India. Mumbai cuenta con muchos edificios notables, sobre todo de época colonial.

En sus cercanías se encuentra Ellora, donde toda una ladera de colinas ha sido horadada para construir enormes templos. En Ajara existen pinturas en cavernas del siglo V, así como esculturas que celebran los eventos de la vida de Buda.

Al sur de Munbai se halla Goa, la antigua colonia portuguesa que parece un retrato de la Europa antigua, con su colorido mercado Marago, la catedral y el templo de Shri Mangesh.

Calcuta, la ciudad más importante del este del país, es una metrópolis llena de vitalidad, situada a orillas del río Hoogly. Se caracteriza sobre todo por una rica mezcla de tradiciones coloniales y misticismo. En ella se encuentra el Museo de India, que alberga la mayor colección de arte, arqueología, geología y artes industriales del país.

PROFUNDAS CREENCIAS Y CURIOSAS COSTUMBRES EN INDIA.

MUCHAS RELIGIONES CON EL HINDUISMO COMO PROTAGONISTA.

India es la cuna de las dos religiones más extendidas en Asia: el budismo y el hinduismo, así como de muchas otras de menor difusión, aunque de gran importancia histórica, como el jainismo y el sikhismo. Quizá se trate del país del mundo que alberga un mayor número de religiones y sectas. Hay un número considerable de musulmanes, en su mayoría sunnitas, que constituyen la minoría religiosa más importante del país. Existen también otros muchos grupos religiosos (cristianos, judíos, parsis) que resultan igualmente significativos.

A pesar de la complejidad que se deriva de la multiplicidad religiosa del subcontinente indio, puede decirse que existen un rasgo común a todo el territorio unificador de la diversidad de creencias: se trata del relevante papel que desempeñan las religiones en todas las facetas de la vida india, hasta el punto de que resulta imposible diferenciar los aspectos profanos de los sagrados.

Así, el indio vive una intensa relación con lo divino, que impregna, todas las vertientes de la vida cotidiana, de la intimidad y de la actividad colectiva. La religión no es un cuerpo de creencias, rituales y prácticas separadas de la rutina diaria, sino que constituye una forma de vida, una norma de conducta y una ética. La religión en India es, en definitiva, una forma de estar en el mundo que permite al individuo vivir en armonía con su entorno.

En la actualidad, la mayor parte de la población de India (83%) profesa la religión hindú, mientras que el islam representa un 11%. Un 2,5% de los habitantes son sikhs y el 3,5% restante se reparte entre budistas, cristianos, judíos y otros credos, entre los que destacan los parsis, es decir, el zoroastrismo, una de las religiones más antiguas de la Tierra, fundada por el profeta Zarathustra o Zoroastro en el siglo VII o VI a.C.

El hinduismo en el tiempo.

El término hinduismo se acuño en el siglo XIX para designar una serie de principios religiosos que tienen su origen en la fusión de las creencias autóctonas o dravídicas de India con las aportaciones de los arios hacia el año 1.500 a.C.; el término indio para denominar estas creencias es sanatamadharma, que significa literalmente Ley Eterna. La Ley Eterna se fundamenta en los Vedas, que son los cuatro libros donde se muestra la sabiduría. Posteriormente, se enriqueció con las aportaciones de numerosos textos dedicados a comentar e interpretar los Vedas, entre los que destacan las Brahmas y Upanishads, así como las dos grandes epopeyas de la literatura india: el Mahabharata y el Ramayana.

Aunque no se trate de una religión unitaria, se pueden establecer, muy a grandes rasgos, tres características comunes a todas sus manifestaciones: en primer lugar, las distintas ramas del hinduismo consideran que la realidad es una apariencia ilusoria (Maya); en segundo lugar, son creencias de alcance general la reencarnación o trasmigración de las almas (samsara) y la ley del karma, un principio según el cual cada acto provoca un efecto en la vida y en las vidas futuras de cada individuo, así como en el devenir cósmico; en tercer lugar, la religión hindú aspira a la liberación y el desapego del ser individual para poder llegar a la identificación con el ser universal (Brahma), cuya omnipotencia se manifiesta a través de un complejo panteón de dioses que representan la naturaleza múltiple de esta divinidad.

 

El mundo visto desde los presupuestos del hinduismo.

El hinduismo no puede considerarse una filosofía y tampoco es una religión bien definida. Se trata más bien de un canon sociorreligioso amplio y complejo, que consta de innumerables sectas, cultos y sistemas filosóficos y que incluye variados rituales, ceremonias y disciplinas espirituales, a la vez que comprende la veneración de numerosos dioses y diosas.

El origen espiritual del hinduismo se encuentra en los Vedas, colección de escrituras antiguas escritas por sabios anónimos, los llamados profetas védicos. Cada uno de los Vedas incluye varias partes que fueron compuestas en periodos diferentes, probablemente entre 1.500 y 500 a.C. La parte más reciente es el Upanishad, que contiene la esencia del mensaje espiritual del hinduismo. El Upanishad ha guiado e inspirado a los sabios hindúes de los últimos 25 siglos de acuerdo con el consejo dado en sus versos:

“Tomando como un arco la gran arma del Upanishad, Debes de colocar sobre él una flecha afilada por la meditación, Estirarlo con un pensamiento dirigido a la esencia de Aquello Y penetrar, amigo mío, aquel imperecedero como el blanco”.

La base del Hinduismo es la idea de que todas las cosas y eventos que rodean al hombre no son sino diferentes manifestaciones de la misma realidad última. Este realidad, llamada Brahma, es el concepto cohesionador que le da su carácter unitario al hinduismo, a pesar de la veneración de variados dioses.

Brahma, la realidad culminante y final, se entiende como el alma o esencia interior de todas las cosas. Es infinita y está más allá de cualquier concepto; no puede ser comprendida por el intelecto ni puede ser adecuadamente descrita con palabras: “Brahma sin comienzo, supremo: más allá de lo que es y más allá de lo que no es” “Incomprensible es aquella alma suprema, ilimitada, no nacida, no puede racionalizarse, impensable”

Incluso así, la gente quiere hablar sobre esta realidad y los sabios hindúes, con su característico gusto por el mito, se han imaginado a Brahma como ente divino y hablan de él en un lenguaje ciertamente mitológico. A los diversos aspectos de lo divino se les han dado distintos nombres de variados dioses venerados por los hindues, pero no es trata más que de los reflejos de una única realidad última:

La manifestación de Brahma en el alma humana se llama Atman. La idea de que Atman y Brahma, el individuo y la realidad última, son uno en la esencia del Upanishad.

Aquel que es la más fina esencia, tiene todo este mundo como su alma. Ésta es la realidad. Éste es Atman. Aquél eres tú.

Tema recurrente en la mitología hindú es la creación del mundo a través del autosacrificio de Dios (sacrificio en el sentido original de “hacer sagrado”), y así Dios se transforma en el mundo que, al final, nuevamente se trasforma en Dios. Esta actividad creadora de lo divino se llama lila, el juego de Dios, y el mundo se considera una etapa de la obra teatral divina. El mito de lila, como la mayoría de la mitología hindú, tiene un fuerte sabor mágico. Brahma es el gran mayo que se transforma en el mundo y realiza este cato con su poder creador mágico, que es el significado original de maya en el Rigveda. La palabra maya, uno de los términos más importantes de la filosofía hindú ha cambiado de significado a lo largo de los siglos. Desde poder o fuerza del divino actor o mago, se transformó en el estado psicológico de cualquier persona bajo el hechizo de la obra teatral mágica. Quien confunde la infinidad de formas de la divina lila con la realidad, sin percibir la unidad de Brahma dentro de todas estas formas, está bajo el hechizo de maya.

Por consiguiente, maya no significa que el mundo es una ilusión, como equivocadamente se dice. La ilusión se encuentra simplemente en el punto de vista del individuo que piensa que las formas de las estructuras, las cosas y los acontecimientos son realidades de la naturaleza, en vez de darse cuenta de que son conceptos creados por la mente humana, empeñada en medir y en categorizar. Maya es la ilusión de tomar estos conceptos por realidades, de confundir el mapa con el territorio.

En la visión hindú de la naturaleza, por tanto, todas las formas son relativas, fluidas, el siempre cambiante maya, conjurado por el gran mago de la divina obra teatral. El mundo de maya cambia continuamente, pues el divino lila es una obra rítmica y dinámica. La fuerza dinámica de la obra es karma, otro concepto importante del pensamiento hindú. Karma significa acción. Es un principio activo de la obra, la acción total del universo, donde toda está dinámicamente conectado con todo el resto. Karma es la fuerza de la creación, de la cual todas las formas obtienen su vida.

El significado de Karma, como el de maya, ha sido rebajado desde su nivel cósmico original al nivel humano, donde ha adquirido un sentido psicológico. Mientras nuestra visión del mundo sea fragmentaria, mientras estemos bajo el conjuro de maya y pensemos que estamos separados de nuestro ambiente y que podemos actuar independientemente, estamos atados por karma. Liberarse de las ataduras de karma significa darse cuenta de la unidad y la armonía de toda la naturaleza, incluido el ser humano, y actuar de acuerdo con ello.

Liberarse del conjuro de maya, romper las ataduras de karma, significa darse cuenta de que todo fenómeno que percibimos con nuestros sentidos es parte de la misma realidad. Significa experimentar, completa y personalmente, que todo, incluido uno mismo, es Brahma. Esta experiencia se llama moksha o liberación en la filosofía hindú y es la esencia misma del hinduismo.

El hinduismo mantiene que existen innumerables maneras de liberarse. No se espera que todos sus seguidores logren acercarse a lo divino de la misma manera y existen, por ello, diferentes conceptos, rituales y ejercicios espirituales para distintas formas de conciencia. El hecho es que muchos de los conceptos o prácticas sean contradictorios no preocupa lo más mínimo a los hindúes, puesto que ellos saben que Brahma está más allá de conceptos e imágenes. Esta postura explica la gran tolerancia característica del hinduismo.

Entre las formas de lograr la liberación se encuentra el yoga, palabra que significa colocar un yugo, unir, y que se refiere a la unión del alma del individuo con Brahma. Para el hindú común, la forma más popular de acercarse a lo divino es venerarlo bajo la forma de un dios o diosa personal. La fértil imaginación hindú ha creado literalmente miles de deidades que aparecen en innumerables manifestaciones. La mente occidental se confunde fácilmente ante el número fabuloso de dioses y diosas que pueblan la mitología hindú en sus variadas apariciones y encarnaciones. Para entender cómo los hindúes pueden desenvolverse entre esta multitud de deidades, hay que comprender la actitud básica del hinduismo de que todas estas divinidades son idénticas en su esencia. Son todas manifestaciones de la misma realidad divina, que reflejan diferentes aspectos del infinito, omnipresente e incomprensible Brahma.

 

El yoga.

Según las enseñanzas de los hindúes, el fin básico del yoga es alcanzar el maxa, un estado considerado perfecto, libre de pasiones y de inquietudes, resultado y función específica del conocimiento verdadero.

Desde su creación, el yoga se ramificó en diversas líneas, que siguen la misma filosofía, pero utilizan métodos diferentes para alcanzar el objetivo básico de las posturas del yoga.

En Occidente, el yoga ha tenido una excelente aceptación: Las personas buscan en esa técnica la salud, el equilibrio mental y el desarrollo espiritual.

En el universo todo es movimiento, un flujo constante e ininterrumpido de energía que produce la vida. En el microcosmos del cuerpo humano los cambios equilibrados de la energía vital, que lo alimenta y lo nutre, dependen de un movimiento perfecto que va de dentro afuera.

En ese contexto, los ejercicios físicos realmente eficaces, que tratan al organismo y lo protegen contra las enfermedades, son aquellos que se corresponden con las necesidades íntimas del organismo. Éste es el caso de las posturas del yoga, una filosofía hindú milenaria, cuya práctica correcta y constante propicia la búsqueda de la salud física, el equilibrio mental y el desarrollo espiritual, con objeto de mejorar las condiciones biopsicosociales del hombre.

Los documentos históricos y arqueológicos se refieren al yoga como algo muy antiguo. Según una leyenda hindú, su aparición en la Tierra ocurrió cuando un pez (mat-sya) presenció cómo el dios Siva enseñaba a su shahti parvati (esposa) los ejercicios de yoga. El pez imitó a Parvati y, al practicar los ejercicios, se transformó en hombre. Mucho tiempo después, alrededor del siglo III a.C., el yoga fue codificado por Patánjali, que usó como base los Vedas y dividió el yoga en cuatro tipos fundamentales:

1) Hatha-yoga: cuerpo físico y vital.

2) Raya-yoga: poderes mentales y voluntad.

a) Bhakti-yoga: poderes del amor divino.

b) Shalti-yoga: energia de la naturaleza.

c) Mantra-yoga: vibración del sonido.

d) Ya´ntra-yoga: formas geométricas.

3) Dhyana-yoga: procesos de la meditación.

4) Raja-yoga: poderes de discriminación.

a) Jnana-yoga: poderes del intelecto.

b) Karma-yoga: actividad y acción.

c) K´undalini-yoga: fuerza psíquica nerviosa.

d) Smadhi-yoga: Estado de éxtasis.

El Hatha-yoga, que es la primera modalidad, busca el equilibrio de las energías activa y pasiva. Se compone de varias asanas o posturas, en las cuales se intenta colocar el cuerpo de manera totalmente inmóvil y relajada, en un estado de concentración absoluta. Representa un instrumento para llegar a la mente, al nirvana, a la verdadera sabiduría.

Practicadas regularmente, con conciencia profunda y con responsabilidad, las asanas tienden a desbloquear el flujo de ki, lo que permite el libre movimiento y la libre expansión del espíritu. Aunque las asanas se pueden aprender, para alcanzar plenamente los objetivos del yoga es preciso recurrir a un maestro con amplios conocimientos sobre el tema. Únicamente con la práctica, junto con la fuerza de volunta y una orientación adecuada se pueden alcanzar los efectos físicos deseados.

Al ejecutar cada una de las asanas, se debe relajar el cuerpo, respirar profundamente y calmar la mente. Al comienzo los movimientos parecen incómodos, pero poco a poco se vuelven más fáciles de ejecutar. Antes de realizar cualquier postura, se debe hacer una preparación física y mental durante cerca de 10 minutos. Entre una postura y otra se puede ejecutar la posición del cuerpo muerto: boca arriba con los pies ligeramente separados, colocar las manos a una distancia de aproximadamente 15 cm a los lados del cuerpo, con las palmas vueltas hacia arriba, cerrar los ojos y hacer tres respiraciones profundas de purificación para relajar todo el organismo y propiciar las condiciones para que el asana siguiente produzca un efecto. Después de realizados los ejercicios es esencial una concentración profunda final, en esa misma postura, con la mentalización de todo el cuerpo y relajamiento de cada una de sus partes.

Aunque sus orígenes datan de épocas muy anteriores, el primer documento escrito sobre el yoga es el Yogasultra (reglas del yoga), redactado con posterioridad al sigo V a.C. Esta obra está dividida en cuatro partes, cada una de ellas dedicada a un tema: la concentración, los medios para conseguirla, los poderes que se derivan de ella y el asilamiento de las almas que llegan a la salvación. Las prácticas místicas propuestas en el Yogasultra contan de ocho etapas:

Yama, cumplimiento de los cinco mandamientos mayores: no matar, decir siempre la verdad, no robar, ser casto y renunciar a todos los bienes materiales.

Niyamo, cumplimiento de los cinco mandamientos menores: pureza de mente y de cuerpo, buen conformar, elevación mística, estudio y devoción a Dios.

Asana, las mejores formas de sentarse para alcanzar la mayor concentración posible. Se han descrito hasta 84.

Prana yama, el control de la respiración, gracias al cual la sustancia pensante puede alcanzar la tranquilidad necesaria para su concentración.

Pratya-ha-ra, aislamiento de los sentidos con respecto a la realidad externa; tanto de los sentidos cognitivos (oído, tacto, vista, gusto y olfato) como de los de acción (voz, manos, pies, aparato excretor, aparato reproductor), de la misma forma que la tortuga introduce la cabeza y los miembros en su caparazón.

Dharana, fijación de la mente.

Dbyana, meditación concentrada.

Samadhi, ensimismamiento en la realidad suprema.

El significado del yoga.

En la cultura india, “yoga”, es un término que significa conjunción e indica la relación mística que puede establecerse entre el ser humano, cuando se convierte en yogui, y la esencia suprema. Esta relación mística sólo se establece cuando el espíritu es libre por completo para dirigirse hacia el fin supremo, lo que consigue únicamente a través del dominio absoluto del cuerpo.

Los ejercicios físicos realizados en la práctica yoga son numerosos y en ocasiones difíciles y complicados. Los ejercicios de respiración y muchas formas de permanecer sentados se realizan al mismo tiempo que se repite continuamente la sílaba mística aum (sílaba inicial de la fase mística por excelencia: aum ma ni pad me hum), con la mirada concentrada en objetos cercanos, por ejemplo, la punta de la nariz, y el oído ocupado en la captación de sonidos especiales, hasta alcanzar el éxtasis (samadhí).

Las posibilidades del yoga.

El yoga es un estilo de vida, un camino para hallar el equilibrio en todos los aspectos y no, como lo entienden muchos, simplemente una técnica para mantenerse en perfecta forma física. La práctica del yoga produce un cambio en la manera de pensar y de preocuparnos por el cuerpo. Aprendiendo a moverlo y a usarlo, se adquiere una mayor conciencia del propio estado y se realizan conscientemente elecciones más correctas y meditadas en relación con la dieta y con el ejercicio físico.

La práctica regular del yoga es muy positiva desde el punto de vista físico. Entre las personas que lo practican se han registrado efectos beneficiosos, como disminución de la presión sanguínea, de la frecuencia cardiaca y de la tasa de colesterol en la sangre; regulación de la producción hormonal y del flujo menstrual; reducción de las disfunciones y de los dolores articulares y una sensación general de bienestar psicofísico.

Por otro lado, quien practica el yoga acepta con mayor distanciamiento los altibajos de la vida, sin perder el interés y la alegría de vivir.

El tiempo que se dedica al yoga no debe considerarse una actividad egoísta, puesto que solamente a través de un perfecto estado de equilibrio físico y psíquico se puede alcanzar la armonía personal y ser útiles a los demás y a la sociedad. El yoga conlleva un cambio radical de actitud psicoemocional al papel de cada uno en particular.

La práctica de una determinada modalidad de yoga, centrada en las posturas (asana) y en el control de y en el control de la respiración (pranayama), aun privada de su componente ético y espiritual, puede resultar de cierta utilidad. La incomodidad de la vida contemporánea, acrecentada por el continuo conflicto entre exigencias individuales y condicionamientos sociales y productivistas, puede verse aliviada gracias a la realización de prácticas de yoga. Éstas, por un lado, activan funciones tan importantes y sacrificadas como la respiración y, por otro, ofrecen la posibilidad de llevar a cabo cierta meditación, que forzosamente ha de resultar beneficiosa para todos aquellos a quienes el teléfono, la radio, la televisión, la publicidad, etc, roban toda posibilidad de introspección y de creatividad personal.

UNA PLÉYADE DE DIOSES.

Entre las numerosa divinidades del hinduismo destaca toda una serie de dioses de origen ario, fundamentalmente masculinos, que se identifican a menudo con fuerzas de la naturaleza: Indra (la lluvia), Varuna (el rayo), Surya (el Sol), Agni (el fuego), Chandra (la Luna), etc.

A partir del sigo V d.C., las antiguas creencias védicas se enriquecieron con un conjunto de nuevas divinidades agrupadas en torno a la triada divina formada por Brahma, Visnú y Siva, dioses de la creación, la preservación y la destrucción, que muestran multitud de formas y de aspectos tanto masculinos como femeninos.

Hacia el siglo V d.C. el budismo desapareció prácticamente del territorio indio para dar paso a una nueva interpretación del brahmanismo que recibió el nombre de hinduismo y que aúna un conjunto de creencias que constituyen hoy la religión mayoritaria en India. El nuevo pensamiento religioso, muy influido por los cultos populares y por el tantra, estuvo presidio en su primer momento por los dioses terroríficos que encarnaban el principio destructor de la triada hindú (creación-preservación-destrucción). Estos dioses estaban encabezados por Siva, al que acompañaban todas sus manifestaciones, tanto masculinas como femeninas, con particular mención para las diosas Durga y Kali.

El muy significativo que Siva, Kai y Durga renacieran con la fuerza que lo hicieron justamente en ese momento; no en vano los dioses encarnan el dilema moral, el poder destructor y la guerra, rasgos característicos de un mundo que pasó de la convivencia pacífica que se desarrolló en torno a los palacios de los príncipes Gupta y Vakataka a una moral basada en guerra y la clase guerrera.

Pero los dioses de la destrucción representan también, y sobre todo, la pasión desbordada con la que resurgen las creencias ancestrales, un revulsivo frente a la abstracción y la intelectualización del budismo de Sarnath y una aclamación popular frente a una doctrina que había quedado restringida a unos pocos.

El tantrismo aportó a la religión de este periodo su caracteristico culto a la energía femenina (shahti) y la aceptación de cada elemento del mundo fenoménico como un posible vehículo que puede conducir al estado de liberación, con la consiguiente glorificación del cuerpo humano y de la sexualidad, que se convirtió precisamente en un tema recurrente en toda la plástica hindú.

La Trimurti o trinidad hindú.

Los hinduistas adoran a un gran número de dioses y diosas, entre los que destaca la triada formada por Brahma, Visnú y Siva, que son el creador, el conservador y el destructor, respectivamente.

Brahma tiene cuatro cabezas, que se corresponden con las cuatro direcciones de la brújula. Es el creador de la vida y el universo.

Visnú es el conservador, el encargado de guiar por el ciclo del nacimiento y el renacimiento. También se considera que ha adoptado muchas encarnaciones para salvar al mundo de fuerzas malignas. Se cree que Rama y Krisna son encarnaciones de Visnú.

Siva, al que se representa usualmente con una cobra enrollada alrededor de su cuello, destruye todo mal y posee también numerosas encarnaciones, de las que no todas son aterradoras.

Estos dioses poseen numerosas advocaciones y consortes o manifestaciones femeninas (shakti): la de Brahma es Sarashwati, diosa de la sabiduría, de las artes y de la ciencia; la de Visnú es Lakshmi, divinidad de la fortuna, la belleza y el amor, y la de Siva puede adquirir numerosas formas, entre las que destacan la de Parvati, diosa de la naturaleza y de las montañas; la de Kali, que encarna las fuerzas del mal y el poder destructor del tiempo, y la de Durga, la diosa de la guerra. Especialmente venerado en India es el hijo de Siva y Parvati, Ganesha, el dios con cabeza de elefante, que posee la capacidad de eliminar los obstáculos.

Las deidades invisibles se representan mediante de imágenes e ídolos que simbolizan los poderes divinos. Muchos de estos ídolos están empotrados en templos de una belleza y grandiosidad sin paralelo. Los dioses hindúes están muy vivos y habitan en templos, picos nevados, ríos, océanos y en los propios corazones y mentes de los hindúes.

 

Brahma, el ser supremo.

Brahma es el primer aspecto de la Trimurti o Trinidad hindú. Es el creador, literalmente "el agrandador". Sus atributos son: brih (el señor, el uno que gobierna por encima de todos), y brihi (para desarrollar y multiplicar, el uno que ha creado el mundo y lo ha multiplicado).

Brahma es el equilibrio entre dos principios opuestos, el centrípeto y el centrífugo, simbolizados por Visnú y por Siva, respectivamente. Brahma personifica la creación.

Se le representa surgiendo del interior de una flor de loto cuyo tallo parte del ombligo de Visnú en su avatar de Narayana o señor de la danza. También aparece sentado sobre su yana o vahana (vehículo), sobre hamsa (la oca), o de pie.

Su característica más llamativa, es la de presentar cuatro cabezas, dirigidas hacia cuatro direcciones que se corresponden con los cuatro puntos cardinales (caturloka), al igual que los estambres del loto.

Estas cuatro cabezas son las que “oyeron” la lectura de los Veda. Primitivamente, una quinta cabeza, la de la “sabiduría espontánea”, coronaba las anteriores y formaba así la imagen de una pirámide. Esta cabeza fue la que “leyó” los Veda mientras las demás escuchaban y murmuraba. De ello se desprende la existencia de tres clases de oración: auditiva (vajik), murmurada (upamsu) y silenciosa (manasik). La quinta cabeza es también la que da origen al avatar Rudrasiva del señor Siva, “aquel que llora desconsoladamente aullando”. Se trata de la primera manifestación de Siva, que es la tercera persona de la Trimurti.

Se dice que las cuatro cabezas determinan el nacimiento de las devi y que del cuerpo de Brahma se derivan las castas (varna). Así, la casta de los brahmanes o sacerdotes nace de la boca; la casta de los Ksatrya o guerreros, de los brazos; la casta de los vaysia o agricultores, de los muslos, y la casta de los sudra o sirvientes, de los pies.

Existen innumerables relatos acerca del nacimiento de Brahma y de la posterior creación del universo, contenidos todos ellos de los Purana. Los mitos del nacimiento más conocidos son a través del ombligo de Narayana en el interior de una flor de loto y el de su aparición dentro de un huevo de oro (hiranyagarha).

La iconografía muestra el cuerpo de Brahma con cuatro brazos, que sostienen en sus manos un mala o rosario hindú de semillas de rudraksha, que simboliza la parte espiritual del ser, y las cuatro tablillas o rollos de los Veda, escrituras sagradas que le fueron reveladas durante la meditación, al comienzo del ciclo de la creación, y que simbolizan el conocimiento y la sabiduría. Las otras dos manos, dependiendo de la iconografía, pueden presentar una postura de entrega de dones (“yo te otorgo lo que me pides con mi protección y mis dones”) y una postura de protección (mano hacia arriba con la palma en actitud de saludo). En otras representaciones una de las manos sujeta un kamandalu (cuerno o vasija de barro), que puede contener aguas primordiales, el néctar de la inmortalidad o ser “el cuerno más humilde”, para indicar la solicitud de alimento y la misericordia. La otra mano puede sostener un sruva (cucharón), con el que se derrama sobre el fuego la sustancia de la cual nacerá la humanidad. En muchas ocasiones ese sucharón es sustitutivo por una escobilla y un manojo de kurca (hierbas), que en igual ritual obtiene un resultado semejante.

Se puede observar asimismo que la colocación de su piel es roja, propia de la guna rajásica a la que él representa. Sus vestidos son de color blanco.

Su shakti (energía femenina o consorte) es Sarasvati, la acuática, que nace del rostro de la quinta cabeza y es considerada la devi de las artes y la ciencia.

 

Visnú, aquel que todo lo penetra.

Visnú es la segunda persona de la Trimurti. Su función dentro de la trinidad brahmánica es la de preservar la creación y conservar el orden divino en el mundo mediante el ejercicio de su amor infinito, su infinita misericordia y su compasión.

Visnú es la deidad que desciende a la Tierra en diferentes eras y bajo diversas formas como encarnación salvadora (avatara).

Los avatares, expansión de Visnú en el universo material, encarnaciones divinas en la tierra o dios en forma humana, son descensos que el señor lleva a cabo en su infinita misericordia y dentro de su función de preservador, cada vez que el dharma (rectitud) decae entre los seres humanos, para restablecer el orden, la justicia y el amor. Maha Visnú (el gran Visnú) se expande de forma innumerable (Visnu Tattva). Sus formas principales son: Garbhodakasayi Visnú o expansión que penetra en cada universo para crear la diversidad, y Kstrodakasayi Visnú o avatar en el universo material (encarnaciones terrenales).

Los avatares son distintos en función de los poderes que llevan consigo:

1. Purnavatara o encarnación total.

2. Amsavatara o encarnación parcial.

3. Avesavatara o toma temporal del poder divino.

4. Yugavatara o encarnación para una yuga (era).

5. Manvantaravatara o encarnación de Manu.

Además de las distintas formas en que se puede encarnar, Visnú posee diferentes aspectos para una misma forma; por ejemplo, Mahavisnú Narayana, cuando reposa sobre Ananta Sesa Naga, la serpiente de cinco cabezas que flota sobre las aguas primordiales; Mahavisnú en posición erguida es otro aspecto del mismo avatar. Los Purana listan al Dasavatra o los diez avatares del señor Visnú que, vistos en orden, representan la evolución de la humanidad:

1. Matsyavatara: en forma de pez; encarnación relacionada con el Diluvio Universal y la conservación de las especies.

2. Kurmavatara: en forma de tortuga; encarnación que sostuvo el monte Mandara en el Samudra Mathana (batida del océano).

3. Varahavatara: en forma de jabalí; encarnación que se encargó de empujar y levantar la tierra sumergida con su hocico y colmillos para sacarla del ámbito del error; en esta acción se formaron los Himalayas.

4. Narasimha: el hombre león; encarnación encargada de destruir el mal representado por el demonio Hiranyakasipo y restaurar la devoción al señor personificada en su hijo Prahlada.

5. Vamana: el enano; encarnación que rescató el mundo con tres pasos (trivikrana) de las manos del demonio Bali.

6. Parasurama: Rama, el encantador que lleva el hacha; encarnación que debió luchar contra los Ksatriya (guerreros) opresores y devolvió los poderes a los estudiosos.

7. Ramachandra: Rama, el honor antes que nada, el hombre que porta el arco y las flechas, fue considerado como Maryada Purusha: el hombre ideal. Encarnación que debió enfrentarse con el demonio Ravana para restablecer el orden y el honor.

8. Krisna: El avatar más conocido. Fue un Purnavatara, figura principal del Mahabharata y el maestro divino del Bhagavad Gita o guía de la vida y a la vida.

9. Balarama: Rama el fuerte, hermano adoptivo de Krisna, encarnación del a serpiente Sesa.

10. Kalki: el futuro; encarnación que descendía a la Tierra al final de la Kali Yuga, la cual comenzó con el Parasamadhi de Krisna, 3.000 años antes de Cristo. Cabalgará sobre un corcel blanco y portará una gran espada encendida con la que destruirá a los últimos demonios de la tierra, a todo enemigo del dharma, restableciendo la gloria de Brahma.

"El ser único reposaba en sí mismo. Se formó en su esencia un deseo, primera semilla de todo": Narayana, que es la primera forma de manifestación del señor Visnú. Narayana es "aquel cuyo vehículo son las aguas primordiales" (de nara: aguas primordiales y yana: vehículo, sostén). En las iconografías aparece recostado sobre su vehículo, representado por varias vueltas en forma de rollo del cuerpo de la gigantesca serpiente Ananta Sesha Naga, la cobra de cinco cabezas con sus capuchas desplegadas. Esta cobra simboliza los cinco sentidos, que ofrecen siniestras y venenosas posibilidades. Se dice que este sostén le permite flotar eternamente en medio del prístino océano de leche. Cuando el señor cosmos. En su cabeza luce una mitra o corona que representa el monte Meru, la morada de los dioses.

Los ojos entrecerrados manifiestan su estado meditativo, purusha (literalmente "el disfrutador", el espíritu, la calidad, lo existente previo a la creación), absorto en su propia perfección imperturbable.

Una de sus manos sostiene la sagrada caracola o shanka, que guarda en sí la potencialidad del pranava om y, a través de la cual, Narayana al insuflar su prana produce la vibración sonora primordial que da origen a la creación. Su otra mano descansa sobre una de las piernas, en postura de laxitud.

El atributo más importante es una gran flor de loto que nace de su ombligo mediante un tallo brillante y largo, símbolo de pureza y creación original. Dentro de él se encuentra Brahama, quien cumplirá después con la misión de la creación.

En algunas iconografías aparece sentada a sus pies y masajeando sus piernas Lakshmi, su shakti o diosa consorte. Lakshmi surgió con su belleza sin par del fondo del océano, en la batida para la obtención del elixir de la inmortalidad. Esta diosa, cuyo nombre significa "marca", acompaña a Visnú en sus diferentes descensos. Así, es Sita como consorte de Rama, y Rukmini como consorte de Krisna adulto.

Cualquiera que sea el aspecto en el que se observe a Visnú, siempre representa preservación y amor a la creación.

En su avatar de Mahavisnú en pie, aparece parado y apoyado sobre el pie derecho, con la pierna izquierda cruzada por delante. Su cintura luce varias vueltas del cuerpo de Naga Vasuki, la serpiente que utilizó a modo de utensilio para la batida del océano. Los cuatro brazos que parten de su cuerpo terminan en otras tantas manos. Una de ellas sostienen la caracola sagrada que guarda dentro de sí la potencialidad del Pranava Om.

La mano contigua sostiene mediante un tallo una flor de loto que representa desarrollo y plenitud de conocimiento. La siguiente mano muestra un disco giratorio, arma para oponerse a cada enemigo del orden divino. El cuarto brazo sostiene la maza dorada, símbolo de su poder real en el reino de dioses y hombres. Su pecho está adornado por una joya que cubre la marca dejada por Brahma y representa la misericordia infinita. A través del pecho se observa el cordel sagrado que se entrega en la ceremonia de iniciación. Sobre el lado izquierdo, en la región del corazón, un srivatsa o tricora (triángulo) simboliza el descenso de dios hacia el ser humano. Su rostro manifiesta una gran placidez y presenta los ojos entrecerrados que denotan el estado meditativo. Sobre su frente lleva un gran tilaka en forma de V, que es la proyección del tercer ojo, el ojo de la visión interna. Sobre su cabeza luce una mitra o conona.

Como marco imponente se ve a la Ananta Sesa Naga, o serpiente de las mil cabezas, con sus capuchas desplegadas.

 

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Una respuesta a LA INDIA. CASTAS Y RELIGIONES.

  1. 小西 dijo:

    T_T 走过来瞧瞧~~~~

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